Los movimientos de Donald Trump no son improvisados ni erráticos. Detrás de cada gesto se esconde un cálculo frío y coherente con un único objetivo: restaurar la hegemonía energética de Estados Unidos. El nombramiento de Chris Wright —CEO de la petrolera Liberty Energy— como secretario de Energía no ha sido una anécdota, sino una declaración de intenciones. Tampoco es casualidad que las grandes empresas del petróleo financiaran la campaña electoral de Trump. Hoy, la Casa Blanca les devuelve el favor.
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Trump está intentando hacerse con un bien, el petróleo, que tiene un futuro más negro que su propio color, cuando China está inundando el mercado con coches eléctricos cada vez más capaces, mejor equipados, con más autonomía, incluso con sistemas de conducción autónoma, y, además, baratos, tanto de comprar como de mantener.
Va dando tumbos por ahí dando la apariencia de que tiene un plan. Falso: no lo tiene.
Es su forma de negociar.
Evidentemente, tiene una noción de contra qué ir, pero rompe algo y no es capaz de ver más allá de las consecuencias de haber roto eso.
Así que no, no tiene plan alguno. Es tan fantoche como parece.
Él hace lo que le mandan, su aportación es el toque de matón de colegio que le da a todo lo que dice o hace
Como con el COVID pero para dejar toda Europa sin necesidad de comprar/consumir combustibles fósiles.
Pero vamos, con sobornar a un par de docenas de políticos corruptos lo más probable es que le pongan un impuesto al sol.
Es que nos tratan como a gilipollas. Y probablemente lo seamos.