Vestido blanco, siempre blanco, siempre manchado de café, blanco manchado de tierra, rojo cereza, reflejo del Volga, vainilla en verano, al compás de la brisa de junio. Tendida sobre la mesa de cristal, aquella hermética Ariel me miraba impasible y yo, con la ceremonia de un fumador de pipa, le di un beso. Cocaína. La ventana de metro y medio, abierta de par en par, dejaba entrar el preludio de un vendaval de verano. Unas señoras hablaban de no sé qué sobre no sé quién y una radio en algún punto del patio interior …