En Rumanía, Vlad Țepeș no es solo una figura histórica ni únicamente la sombra literaria que acabó mezclándose con Drácula. Es, sobre todo, un símbolo disponible. Un depósito de imágenes políticas. Para la ultraderecha, y en general para los nacionalismos autoritarios, Vlad resume varias obsesiones a la vez: el líder fuerte, la justicia sin garantías, la nación amenazada, la limpieza moral y el castigo ejemplar. Ahí reside la fuerza de su apropiación: no en la precisión histórica, sino en su utilidad como mito político.
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