
A mucho les sonará lo de las calendas, de latín, que no es más que el primer día del mes romano, la luna nueva.
Establecer un calendario lunar se puede afirmar que es relativamente sencillo, la luna sigue un ciclo bien conocido de 29-30 días, es casi como tener un reloj en mitad de la noche.
Pero eso no es exactamente el año solar de 365 días de hoy. Para afinar hasta ese punto las observaciones y registros han de ser aún más metódicos y más dilatados en el tiempo.
Ya es difícil pensar que cazadores-recolectores pudieran generar un calendario siquiera lunar con ocupaciones mucho más perentorias. Toda una civilización como la romana, con su derecho, su pax, sus legiones, sus columnas y panteón de dioses tenía un calendario basado en esos ciclos lunares.
Eso por sí solo no es sorpresa, la sorpresa es hallar calendarios anteriores de 365 días. Gobekli Tepe, 9,600 AC, tallado en piedra. Y sorprende más no tener constancia de aproximaciones previas.
Porque pueden pasar tres cosas, que acertaron a la primera, cosa que se antoja extraña viendo que todo un imperio como el romano no dio pie con bola en eso.
Segunda opción, no se han hallado aún evidencias arqueológicas de ensayos previos. Es posible, no voy a ser yo el que interprete que ausencia de evidencia implica evidencia de ausencia, pero también es cierto que es difícil aferrarse a un vacío.
La tercera opción es la de la transmisión de conocimiento. Rompe, por supuesto, con la noción de evolución lineal. Pero lo cierto es que tal noción cae por su propio peso. En Egipto tenían mejor calendario que el romano. Luego, lo que se observa en un repaso somero de las diferentes aproximaciones es una pérdida de conocimiento.
Y sucede algo más, Gobekli Tepe es impresionante, máxime por su datación, pero palidece absolutamente ante la Roma imperial, Sin embargo, esos que se consideran “cazadores-recolectores” tenían un calendario que en lo factual es resultado de décadas de ejercicio de la astronomía, el que tal vez sea el mayor imperio de la antigüedad que conocemos no llegó a tal hito.
Y no es que los romanos fueran sólo “artistas”de la crucifixión, no. Ingenieros hidráulicos y de caminos. Ingeniería civil, agua, saneamiento, calzadas. Como el Sr Isaac Moreno Gallo bien nos recuerda en sus videos.
Llega un punto que empieza a parecer antinatural no acordarse del relato de Platón, en el que 9000 años atrás una civilización sucumbió bajo las aguas en un día y una noche, o eso es lo que nos ha llegado. Pero es que en realidad no procede de Platón, él mismo señala que la historia procede (ésta vez no de Sócrates) si no del cuasi mítico Solón, padre de la democracia ateniense del que Herodoto también dio buena cuenta en sus escritos.
Pero tampoco Solón era la fuente original, a él se lo cuentan los sacerdotes de Sais yendo de visita. Y podrían parecer palabras vanas, de hecho la narrativa se compone en forma de lisonja, alabando a los griegos que repelieron una invasión de la que ni ellos mismos guardarían memoria. Pero Egipto sí. Y claro, podría ser un mito. Pero el hecho es que el calendario egipcio sí era de 365 días.
Platón vivió en el siglo IV AC. Y su relato apuntaba a 9000 años antes, que se dice pronto. Eso nos pondría alrededor del 9400 AC. Gobekli Tepe, 9.600 AC. Nada mal para ir con túnica y no saber qué son unos calzoncillos elásticos.
En geología se llama Younger Dryas. En la tradición judeocristiana, tal vez, diluvio universal.
Cada vez se hallan más indicios que obligan a volver la vista a aquellos lugares donde la ortodoxia a evitado sistemáticamente detener la mirada, forzando a todos a pasar de página.
El problema, y no es menor, es la ausencia de evidencia, más allá de testimonios que en principio aparecen desconectados. Que podrían estar nombrando lo mismo con diferentes nombres, tal como el Noé sumerio no es Noé sino Utnapistim. Y el arca, los animales… o eso o la historia se repite más de lo que debería.
Viendo las características de Gobekli Tepe se hace difícil aceptar que pudieran haber llegado al mágico número de 365 por sus propios medios, por la estructura social que se desprende de los vestigios arqueológicos. O eso o los romanos iban muy despistados, y no eran los únicos.
Aquellos que después del 10,000 AC crearon calendarios lunares, no cabe mucha duda que se lo trabajaron ellos mismos, a fuerza de observación y razón. Que aparezcan los 365 días antes, debería ser objeto de una reflexión profunda (del mismo tipo que implica hallar la Isla de Pascua habitada, como ya se eñaló en otro artículo) y se hace imperativo conectar ese análisis con otros puntos.
No es difícil explicar la ausencia (o escasez) de evidencia en un contexto donde todo el litoral antediluviano, donde se suelen encontrar la mayoría de las poblaciones, estaría hoy varias decenas de metros por debajo del nivel del mar.
Esa última idea se puede radicalizar incluso más: algunos han sugerido que la Atlántida no sería otra que el continente helado que hoy conocemos como Antártida, puntualmente excluido de cualquier mapamundi desde el enfoque, y la evidencia arqueológica estaría sepultada bajo kilómetros de hielo, en uno de los climas más extremos del planeta. Lugar que, por cierto, es objeto de una consideración internacional única, con su propio tratado que restringe prácticamente cualquier tipo de actividad, por si el clima fuera poco.
Hablamos del tipo de clima que congela a mamuts en Siberia hasta prácticamente extinguirlos. Probablemente como resultado de la inversión de polos que propuso Hapgood, que si no recuerdo mal fue prologado por el mismo Einstein (¿o sólo mantuvieron correspondencia?) y cuyo trabajo estuvo largo tiempo clasificado por la CIA. (O algo así, la verdad es que suena un poco contradictorio).
Y pasa un poco como con la poesía de la Grecia clásica, que todo es mito hasta que se encuentra Troya. De momento, a través de la literatura comparada de diversas tradiciones, parece que hemos encontrado a Noé, o sus huellas, ya veremos el resto del libro. Y de libros. Aún así, establecer las causas últimas, no parece tarea sencilla.
Con este ya van unos cuantos clavos en el ataúd del relato ortodoxo: 365, así a ojo de buen cubero.
menéame