Hubo una época en la que el mundo estaba cosido por las rutas marítimas, barcos que partiendo desde Europa o América llegaban a todos los puntos cardinales, atravesando océanos infinitos y jugándose la vida en cada singladura. Los protagonistas de aquel embrión de la globalización eran marinos, gente experimentada y temerosa de Dios, pero sobre todo del mar, un lugar inhóspito y traicionero que se tragaba las vidas de cientos de personas cada año, gente de la que nunca se volvía a saber nada, engullida por el mismo océano que les permitía (...)
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