El viajero contemporáneo es, sin duda, la figura más dócil que ha producido el capitalismo tardío. Y esto es así por una cuestión de diseño, no por un asunto de temperamento. En la hora que transcurre entre el control de seguridad y el embarque, el pasajero discurre por un territorio en el que las reglas del comercio ordinario no rigen y en el que las reglas del espacio cívico han quedado suspendidas. A nadie se le multa por no comprar, pero tampoco puede irse. A nadie se le obliga a entrar en la tienda, pero la tienda es el único camino.
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