La ternura no niega la muerte ni el shock ni el dolor. Convive con ellos. Es un café compartido a las siete de la mañana cuando no has dormido. Es una mano que no suelta. Es seguir respirando cuando no sabes por qué. La ternura nos reconoce en el otro. Nos baja los brazos. Nos obliga a rendirnos ante la vida sin condiciones. Nos vuelve blandos en un mundo que premia lo duro. Nos ensancha el corazón como si fuera un universo en expansión y de repente te importa todo: la gente, el pasado, lo que aún no existe.
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