Informan por la radio de las subidas de precios que producen aquí los bombardeos de allí. Si cambiamos “bombardeos” por “muertos”, surge un problema de conciencia: ¿deberían dolerme más los cadáveres de allí que la inflación de aquí? Como procuro ser decente, pienso que debería sufrir más por los difuntos de mi especie, aunque lejanos, que por la gasolina de mi coche, aparcado ahí mismo. Pero me duele más el precio de la gasolina. Practico entonces un ejercicio de gimnasia ética destinado a recolocar las emociones en su sitio.
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