Escribía ayer un usuario un comentario, donde venía a decir que nada de la izquierda funciona ni está sirviendo para solucionar el mundo de derechas que se ha creado. Me pareció un comentario muy certero, perdón por no citarlo literalmente.
Llevamos años leyendo y escuchando sesudos análisis sobre la autocrítica de la izquierda, qué se ha hecho mal, qué se ha de hacer bien, etc. Yo mismo he escrito y reflexionado aquí sobre los problemas de la izquierda, y creo que más o menos los diagnósticos siempre giran entorno al feminismo y al tema woke.
Bien, no niego, porque yo mismo soy muy crítico con ciertas posiciones en la izquierda, que estos temas no se han gestionado bien y que muchas veces han llevado a la caricatura a quien los trata. Pero, realmente, ¿las sociedades occidentales han virado a la derecha y a la extrema derecha por esto? En mi opinión, rotundamente NO.
Es curioso que, mientras tratamos de hacer esos sesudos análisis críticos con la izquierda, la derecha se puede permitir decir, y lo que es peor, hacer mil y una barbaridades, de todo tipo, en multitud de países, con un coste electoral reducido. Podría ponerme aquí a enumerarlas, pero entonces excedería la longitud máxima que puede tener un artículo en menéame. Por eso, simplemente quiero mencionar la que para mí, es la peor de todas, y no tiene parangón en las últimas décadas, y se trata del genocidio Palestino.
¿Por qué menciono sólo esta? Pues porque para mí rebasa todos los límites éticos que en las últimas décadas nos habíamos creído en las sociedades occidentales. Sin embargo, la derecha occidental desde Trump a Ayuso, pasando por Von der Leyen, Feijoo, Macron, en diferentes grados, han participado, apoyado, o blanqueado esta masacre.
Si la izquierda tiene que hacer autocrítica, ¿qué debería hacer entonces la derecha? Yo puedo debatir y discutir de políticas económicas, sociales, etc. con alguien de derechas, no estaremos de acuerdo, pero tengo que creer que ellos creen que esas propuestas ideológicas son lo mejor para la sociedad, pero, ¿defender un genocidio?.
Y bien, la cuestión no es que la derecha rebase cualquier límite ético que habíamos creído insuperable, la cuestión es que la sociedad no se lo hace pagar. De hecho, la derecha, en general, hace años que no sufre una penalización considerable. A modo de ejemplo, menciono el caso español, en elecciones autonómicas. Mientras que en Andalucía el PSOE ha perdido el mando del territorio, pagando una vez más, con estas elecciones que se prevé que no traigan cambios, la corrupción existente durante años, en la Comunidad Valenciana, el PP ha vuelto al poder en apenas 8 años, con un gobierno de izquierdas que lo había hecho relativamente bien, pero es que a día de hoy, después de la DANA, las expectativas son que podría volver a gobernar, en Castilla y León son ya 40 años gobernando, en Murcia, donde han existido casos de corrupción a puñados, deben ir ya por los 30 años, Galicia para qué hablar.
La derechización de la sociedad no creo que sea algo casual, ni fruto de que la sociedad realmente haya llegado ahí por conclusión propia, si no más bien de varios factores que lo están induciendo.
El primero es el fomento del individualismo que las sociedades occidentales experimentamos desde hace décadas, donde lo colectivo cada vez queda más relegado, el asociacionismo se reduce, la participación en sindicatos está en mínimos, las huelgas cada vez son más difíciles de llevar a cabo, y el ciudadano empieza a rechazar ideologías que hablen de unión, que en última instancia acaban asociadas a un ente maligno llamado Comunismo, en post de las que hablan del éxito individual.
El segundo es, sin duda, el de los medios de comunicación. El periodismo clásico ha bajado varios niveles en cuanto a su calidad y su independencia. De medios creados y dirigidos por periodistas (sin querer idealizar el pasado), hemos pasado a medios controlados por empresarios, donde ya no se vive del que paga el periódico en el quiosco, es decir, el lector, si no de la publicidad. En el momento que la prensa está en manos de los que tienen pasta se crea automáticamente un desequilibrio ideológico, donde en muchas ocasiones, la prensa es tan sólo el instrumento para llevar la ideología de las clases dominantes al resto de la sociedad.
El último factor, y quizás el más relevante a día de hoy en muchas estratos de la sociedad, son la redes sociales. Cuando estas nacieron fueron un soplo de aire, precisamente para las ideologías más de izquierda, pues permitían un altavoz espontáneo para ideas que en la prensa tradicional tenían muy poca cabida, y para difundir información que habitualmente era silenciada. Esto duró lo que tardaron los de siempre, es decir, los que tienen la pasta, en darse cuenta de la potencia de esta nueva tecnología como herramienta de adoctrinamiento social. Hemos acabado con unas redes de difusión masiva como las redes sociales en manos de 3 o 4 megamultimillonarios.
Y contra esto, ¿qué tiene la izquierda global? Pues muy poco, no tiene ni los altavoces ni el poder, para poder cambiar esto en el corto plazo. Lo que más me temo es que esta deriva puede llevarnos a que cada vez más las ideologías de izquierda queden relegadas a opciones minoritarias, donde lo que se elija sea entre derecha o ultraderecha (algo tipo Hungría, algo tipo EEUU) y que el cambio no sea reversible, bien porque el sistema lo haga imposible en la práctica (al estilo EEUU) o bien porque llegado el caso, se impongan regímenes fascistas.
Sombrío panorama creo que nos espera si no reaccionamos (sinceramente no sé cómo), no porque la izquierda como ente abstracto desaparezca, si no porque valores que hemos asumido como propios y válidos en las últimas décadas, y no sólo por la izquierda, si no también en parte por derechas clásicas como la democristiana europea, como la justicia social, los derechos de los trabajadores, de las mínorías, se acaben yendo al carajo y volvamos a sociedades feudales. Bueno, de hecho, en Palestina ya ha ocurrido.
En fin, o despertamos o el futuro será aterrador.
La alcaldesa de París aterriza en Madrid para homenajear a José I Bonaparte, “un incomprendido agente de modernidad, mestizaje jurídico y garrafón ilustrado”.
Madrid amaneció ayer con una visita diplomática de alto voltaje: la alcaldesa de París, Marianne Dupont-Lumière, aterrizó en Barajas para reivindicar la figura de José I Bonaparte, popularmente conocido como Pepe Botella, no como invasor impuesto por una potencia extranjera, sino como “visionario de la libertad, la modernidad y el intercambio cultural franco-español”.
El acto, titulado “Celebración por la Evangelización Administrativa y el Mestizaje Napoleónico: Pepe y el Dos de Mayo”, estaba previsto inicialmente en la Catedral de la Almudena, pero fue trasladado a toda prisa al sótano de una franquicia de croissants al no reunir “la totalidad de permisos, vergüenza histórica ni sentido del ridículo”.
“Hay que superar los discursos de odio contra Francia”, declaró Dupont-Lumière, flanqueada por un busto de Napoleón, un mapa de Europa con chinchetas y un PowerPoint titulado La invasión como oportunidad. “Si hoy los españoles conocen el Código Civil, las rotondas y la palabra ‘bistró’, algo le deberán a Pepe Botella”.
La alcaldesa parisina insistió en que la entrada de las tropas napoleónicas en España no debe verse como una ocupación militar, sino como “un proceso de modernización con acompañamiento de artillería”. Según su lectura, los fusilamientos, saqueos, imposiciones dinásticas y represión popular fueron “incidencias logísticas propias de todo hermanamiento cultural ambicioso”.
Durante el homenaje, el compositor francés Nachó Canot, autor del musical La Bayonesa, interpretó varios números de su obra, entre ellos No fue invasión, fue onboarding, Liberté, égalité, batería de cañones y el ya célebre Yo soy español, español, español, pero con administrador francés.
Canot defendió que José I “también fundó España”, o al menos “una España más limpia, racional, geométrica y con menos curas por metro cuadrado”. A continuación, pidió “dejar de juzgar el siglo XIX con ojos del siglo XXI”, aunque curiosamente sí consideró perfectamente aceptable juzgar el siglo XXI con propaganda imperial del siglo XIX.
“Pepe Botella trajo progreso”, añadió. “Otra cosa es que los españoles de entonces, manipulados por el populismo goyesco, prefirieran resistirse a ser liberados a cañonazos”.
La comitiva francesa también lamentó que figuras como Daoiz, Velarde y Agustina de Aragón sigan siendo celebradas como héroes populares. “En realidad eran activistas de la hispanofobia antifrancesa”, explicó Dupont-Lumière. “Se opusieron a un proyecto cosmopolita que consistía básicamente en poner a un Bonaparte en cada salón del trono europeo”.
Según el argumentario repartido a la prensa, el Dos de Mayo no fue una revuelta contra una ocupación extranjera, sino “un malentendido vecinal provocado por la falta de pedagogía imperial”. La carga de los mamelucos, las ejecuciones del 3 de mayo y el trauma nacional posterior fueron descritos como “momentos de fricción intercultural”.
“Hay que quedarse con lo positivo”, añadió la alcaldesa ficticia. “Francia puso los fusiles; España puso los fusilados. Eso también es mestizaje”.
El acto reservó un homenaje especial a los afrancesados, presentados como “mediadores culturales” entre el sable napoleónico y el pueblo español, una especie de versión castiza de la Malinche.
“Sin ellos no habría habido diálogo”, afirmó uno de los ponentes. “Alguien tenía que explicar al pueblo que ser invadido por Francia era, en realidad, una oportunidad de networking continental”.
La organización insistió en que los afrancesados no colaboraron con el ocupante, sino que “facilitaron sinergias administrativas ”. En el folleto del evento se podía leer: “No fueron traidores; fueron consultores de transformación pública antes de que existiera LinkedIn”.
La delegación parisina evitó hablar de invasión y prefirió referirse a la Guerra de la Independencia como “un ambicioso proyecto europeo de integración asimétrica”. Napoleón, según la ponencia principal, no pretendía someter España, sino “abrirla al mundo”, concretamente al mundo que él mismo iba conquistando.
“España estaba atrasada, gobernada por una monarquía decadente y supersticiosa”, explicó Dupont-Lumière. “Por tanto, lo más civilizado era sustituirla por otra monarquía impuesta desde París. ¿Qué puede haber más moderno que cambiar de rey sin preguntar a nadie?”.
La frase recibió aplausos de los asistentes, entre quienes se encontraban varios nostálgicos del despotismo ilustrado, dos tertulianos, un señor con levita y un community manager buscando cómo resumir Trafalgar en un tuit motivacional.
En el momento culminante del acto, la alcaldesa imaginaria pronunció la frase que ya divide a las redes: “Habría que ser muy zote para odiar a quienes te trajeron acentos nasales, urbanismo racionalista y una oportunidad histórica de obedecer órdenes en francés”.
A continuación, pidió que la libertad “nunca tenga que pedir perdón por entrar en Madrid escoltada por granaderos”. El público respondió con una ovación moderada, en parte porque muchos no sabían si aquello era una performance, una rueda de prensa o el tráiler de una serie de Movistar.
La próxima semana, según fuentes igualmente ficticias, Berlín estudia enviar una delegación a Varsovia para explicar que algunas entradas de tanques en la historia europea han sido injustamente malinterpretadas por culpa de la corrección política y la manía de los pueblos ocupados de ponerse dramáticos.
menéame