Rl arte puede existir, y vaya si existe, bajo el capitalismo, y para mucha gente es un trabajo como cualquier otro. Para algunos, es una actividad secundaria, mientras que hay quienes no cobran nada por ello. Hay quien enseña arte, quien lo vende, quien lo critica, y muchos participan en su elaboración, pero nunca veremos sus nombres en las paredes de una galería. Los artistas pueden trabajar para regocijo del alma, como afirma Hyde, pero su trabajo, en cualquier caso, es material, existe porque alguien se sirve de materiales —pinturas, arcilla, piedras, película o incluso su propio cuerpo— y los convierte, en palabras de Berger, en «material artístico», en una obra de arte.
Si el término «genio» tiene raíces espirituales, lo mismo sucede con «creativo». Como señala el crítico cultural Raymond Williams, ambas palabras se han desarrollado en paralelo. «Creativo» en un principio designaba algo que no ha hecho el hombre, sino Dios. Cuando empezó a aplicarse al arte hecho por el hombre mantuvo el sentido de que, como afirma el experto en literatura John Patrick Leary, apoyándose a su vez en Williams, «la creatividad, más que una producción, era un trabajo de la imaginación, de destreza más que de esfuerzo». Esta división entre arte y trabajo continúa confundiendo el esfuerzo que conlleva hacer arte.
Sin embargo, el arte primitivo era en sí mismo una forma de veneración o de magia, y no es fácil separar esta aura de las artes actuales, ni siquiera cuando se albergan en los «museos del ego» que funcionan como paraísos fiscales para los más ricos del mundo. Las pinturas religiosas en las paredes de las cavernas o las esculturas que encontramos en los templos fueron en primer lugar ofrendas a los dioses, y solo después empezaron a ser admiradas por el ser humano. El arte tardó en ser algo pensado para el disfrute de los simples mortales, y habría que esperar aún más para que se convirtiera en algo que podía reproducirse y compartirse de manera más amplia.
Nuestra idea moderna del artista como un ser especial, dotado de talento y que se encuentra fuera del marco habitual de la sociedad nació en Europa durante el Renacimiento. Fue entonces cuando los ricos empezaron a invertir en serio una parte de sus inmensas fortunas en obras de arte, y el artista pasó a disfrutar de una reputación única (al fin y al cabo, los comerciantes adinerados querían asegurarse de contratar a los mejores artistas para que realizaran retratos de su familia y de sus posesiones). La pintura al óleo, según Berger, era «una celebración de la propiedad privada». También era, claro está, una forma de propiedad privada en sí misma. Para el artista, no obstante, era un trabajo.
La capacidad de los artistas para comerciar con su reputación individual en lugar de con la reputación de un gremio fue el resultado de una sociedad que comenzaba a hacer énfasis en el individuo, una sociedad jerárquica que se estructuraba en torno a la idea de que la desigualdad era algo natural. En cualquier caso, la mayoría de los artistas se ganaba la vida pintando retratos y cosas por el estilo no porque algo en su interior les hubiera llevado a retratar al hombre más rico de la ciudad o a su mejor vaca. La aparición de grandes obras de arte en este periodo se produce, en cierto modo, pese al formato en el que trabajaban muchos de los artistas, pero el deseo de los ricos mecenas de coleccionar las piezas artísticas de mayor calidad contribuyó a crear nuestra idea del genio empujado por un impulso más grande y efímero que el dinero.
La tensión entre el artista como trabajador y el artista como visionario raras veces puede apreciarse en el propio arte, pero, si nos fijamos bien, podremos intuirla. Berger llamaba nuestra atención sobre los cuadros de los regentes y regentas de un asilo para ancianos realizados por Frans Hals en el invierno de 1664, cuando el propio Hals era un anciano que vivía en la indigencia. ¿Afectó la relación de poder que los dirigentes de la institución mantenían sobre Hals en cómo este los retrató, con su negro austero a juego? Para Berger resulta desconcertante que muy poca gente haya reconocido esta dimensión de la obra de arte.
Con el lento declive del mecenazgo, en particular tras la Revolución francesa, y con el desarrollo del capitalismo industrial, aumentó el mercado para el arte como producto, como un depósito de valor en sí mismo. Antes de la Revolución, los artistas franceses debían disponer de credenciales; después, más gente tenía a su alcance tratar de convertirse en artista y de vender su obra. Este aluvión de nuevos trabajadores generó una necesidad de nuevas instituciones, y esta expansión, como apunta el crítico de arte Ben Davis, «alumbró una sociedad bohemia y el movimiento de arte moderno, inaugurado simbólicamente por el “Salón de los Rechazados” de 1863, cuando una serie de artistas importantes que habían sido rechazados por el Salón de París exigieron que se los tuviera en cuenta».
El impacto de la Revolución Industrial en el arte se advierte no solo en el auge de una nueva clase burguesa capaz de gastar su dinero en objetos decorativos. Curiosamente, también ayudó a configurar la idea de que el arte es lo opuesto al trabajo. A medida que se expandía la producción en masa, el objeto de arte único adquirió valor precisamente porque no lo producía ninguna máquina. A medida que el trabajo artesanal disminuía en favor de la fábrica, el artista se separó aún más del artesano. El arte, un término que en un momento determinado simplemente había significado «habilidad», se convirtió en lo que ahora consideramos bellas artes, es más, se contrapuso al trabajo cualificado como algo que, de hecho, no se podía enseñar. Un artista era, por tanto, un tipo de persona especial. Como la labor asistencial, el trabajo artístico era algo que quedaba fuera de la producción capitalista y que se oponía a ella; sin embargo, así como el cuidador supuestamente trabaja por el amor que siente hacia aquellos a los que atiende, el artista mantiene un romance con la obra. El arte ya no necesitaba tener valor desde un punto de vista religioso; ahora era un bien superior en sí mismo.
Pero todo este revuelo en torno al valor del arte como algo superior a su valor como mercancía no evita que el artista, como cualquier otra persona, tenga que comer. El «artista muerto de hambre» no puede vivir del aire, y debemos recordar que todas las grandes obras que conocemos han llegado hasta nosotros porque el artista logró sobrevivir de alguna manera. La mayoría de los artistas no pueden dedicarse a un arte «puro» para simplemente saciar su alma. La inmensa mayoría, como Frans Hals, tuvieron que ceder ante las exigencias del mercado. Idealizar al artista como un ser místico contribuía, como señalaba Williams, no a solucionar el problema, sino a suavizar nuestra comprensión del mismo. Es posible que los artistas se hayan resistido a convertir su arte en un producto para los ricos, pero no resulta tan sencillo escapar del capitalismo.
La imagen romántica de los artistas bohemios resistiendo como buenamente podían, cuya vida consistía en holgazanear, pintar, bailar, practicar el amor libre y participar ocasionalmente en acciones políticas radicales, tiene su origen en la realidad de los artistas en el siglo XIX, que improvisaban formas de ganarse la vida en comunidad. Nos vienen a la cabeza personas que rechazan el concepto de «trabajo» tal y como nosotros lo conocemos. Sin embargo, esta imagen romántica refuerza la idea del artista como un individuo con talento cuyas necesidades y deseos están separados de los del resto del mundo. Los artistas podían ser «peligrosos» y su arte, potencialmente subversivo, pero la bohemia chic se convirtió en una oportunidad excelente para quienes querían probar —y solo probar— el radicalismo por medio de sus adquisiciones artísticas.
Trabajar: un amor no correspondido. Sahra Jaffe