Fragmento del libro "El Fracaso de la Felicidad":
La soberbia, por último, se ha transformado en narcisismo. Ya no es altanería, sino exhibición gratuita y fraudulenta. Su templo y su altar están en el espejo digital. Es allí donde cada uno muestra la mejor versión de sí mismo, la más mentirosa. El espejismo del yo. No es que la gente vea gigantes donde hay molinos: es que cree ser un gigante incluso mientras recoge las migas de su propia indigencia (o las heces de su lindo perrito). Se desprecia la realidad porque no coincide con la imagen interior que uno tiene de sí. Y cuando eso ocurre, no se corrige el juicio, se responsabiliza al mundo de los errores y fracasos propios. Las redes sociales son templos portátiles del ego: allí no se busca la verdad, sino el reflejo idealizado del yo imaginario. Y como ese ego no soporta la contradicción, la culpa de todo la tiene la realidad, es decir, los demás. El narcisismo se convierte en una forma de inmunidad moral. El sujeto no yerra: el mundo se equivoca al no reconocer su genialidad doméstica y omnímoda.
El narcisista acierta siempre: lo que está mal es el entorno. Si algo fracasa, la culpa la tiene el prójimo. La vanidad ha sustituido al juicio; el yo, a la verdad. Esta es la fórmula del idealismo. Vivimos en un mundo donde la percepción reemplaza a los hechos, y el deseo ocupa el lugar de la evidencia. El resultado es previsible: una humanidad convencida de su virtud, orgullosa de su moralidad e incapaz de mirarse a sí misma con franqueza. El narcisista, como el idealista, es el okupa de la realidad.