China, negra, marrona

Hace unos días, Irene Montero volvió a ser noticia. Otro exabrupto. Uno más.

Participaba en un acto organizado por su partido para celebrar la regularización extraordinaria de inmigrantes. Un foro, en teoría, poco propicio para atizar hogueras. Sin embargo, ella aprovechó la ocasión para retorcer a su antojo la teoría del reemplazo, bandera de enganche de la derecha populista, reformulándola en términos, cuando menos, singulares. Proclamó desde la tribuna: “ojalá teoría del reemplazo. Ojalá podamos barrer de fachas y de racistas este país con gente migrante, con gente trabajadora. Claro que yo quiero que haya reemplazo: reemplazo de fachas, reemplazo de racistas, reemplazo de vividores, y que lo podamos hacer con la gente trabajadora de este país, tenga el color de la piel que tenga, sea china, negra, marrona”.

El alegato hirió sensibilidades. Y no sólo por el barullo sintáctico, sino, sobre todo, porque parecía evocar –siquiera retóricamente– la eugenesia como palanca del cambio social. Las palabras de la eurodiputada adquirieron inmediata resonancia pública, granjeándole una crítica rotunda en medios de comunicación poco afines y, cómo no, en aquellos sectores de las redes sociales siempre dispuestos a sacarle faltas a cualquier mandanga. Tanto creció el revuelo que la dirección de la formación morada se vio obligada a salir al paso ofreciendo una lectura alternativa del arrebato, según la cual la intención de su dirigente no habría sido la obvia, sino la de ironizar sobre el bulo que alimenta la teoría del reemplazo en su formulación canónica.

El intento de cortocircuitar la polémica por parte de la dirección de Podemos resulta poco creíble, sobre todo porque la explicación parece improvisada sobre la marcha para atajar posibles daños. Tampoco ayuda en ese empeño el hecho de que la protagonista del episodio ni siquiera haya considerado oportuna una aclaración. Irene Montero guarda silencio sobre el asunto, como si le molestara poner sus palabras blanco sobre negro para despejar las dudas del personal. En tales condiciones, la interpretación benévola del caso se antoja difícil; máxime, cuando conocemos su inclinación por renovar votos de radicalidad cada vez que pisa un estrado. Con todo, y por lo que a mí respecta, estoy dispuesto a aceptar lo improbable: que pretendía, simple y llanamente, predicar la tolerancia y el amor al prójimo.

No me falta buen fondo para semejante ejercicio de credulidad. Además, la cosa tiene premio: plaza fija en el orfeón de los benditos. Ahí es nada. Pero ni siquiera forzando la inocencia hasta el extremo resulta posible exculpar a Irene Montero de haber cometido un error de comunicación impropio de quien lleva años en el oficio. En este sentido, hay un condicional difícil de soslayar: si lo que pretendía nuestra exministra con su retórica febril era conjurar el discurso contra la inmigración que pregonan sus antípodas ideológicos, falló estrepitosamente. Afinemos la crítica: no acertó ni con las palabras ni con el tono. Pocos entendieron la pretendida “ironía” que dan por sentada sus correligionarios; en cambio, fueron multitud los que, oyéndola, se hicieron cruces convencidos de que hablaba en serio.

La alarma originada por la intervención de marras era previsible, por no decir inevitable, y guarda relación con la imagen pública de la propia Irene Montero. A mi juicio, lo que explica que muchos hayan respetado la literalidad de sus palabras es, precisamente, esa fama de extremosa que la eurodiputada ha perfilado con mimo en estos últimos años. Le precede su reputación, aunque le pese. Por eso, ante intervenciones de pulso virulento como la del sábado, no extraña que algunos sospechen que, si pudiera ventilar cuentas con quienes se las tiene tiesas, no dudaría en soltar la gorgona.

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