El envoltorio de la guerra

Cada cierto tiempo, la pregunta reaparece en nuestras discusiones. Casi siempre formulada con la esperanza de una respuesta tranquilizadora:

¿Son los demócratas de EEUU menos beligerantes que los republicanos?

La pregunta no es ingenua. Es profundamente política. Porque en ella se esconde la necesidad de creer que, al menos, existe una opción “menos mala”, una manera distinta de ejercer el poder sin recurrir sistemáticamente a la fuerza. Pero como ocurre con tantas otras cuestiones estructurales, la realidad suele ser bastante menos alentadora.

Si uno se queda en la superficie, parece que sí hay diferencias. El lenguaje cambia. El tono cambia. Incluso la escenografía cambia. Pero cuando se observa el recorrido completo, cuando se abandona el discurso y se miran los hechos acumulados, la conclusión es otra distinta.

Durante las últimas décadas, los presidentes republicanos han tendido a hablar de la guerra sin complejos. Seguridad nacional, fuerza, disuasión, excepcionalismo estadounidense. Reagan necesitó un Imperio del Mal. George W. Bush un Eje del Mal. Trump prefirió la amenaza directa, casi teatral, envuelta en el eslogan de América Primero. La guerra, en este marco, se presenta como una demostración de músculo, como una necesidad casi natural del liderazgo global.

Los demócratas, en cambio, han refinado el relato. No renuncian al uso de la fuerza, pero lo visten de legalidad internacional, de alianzas, de responsabilidad moral. Hablan de derechos humanos, de estabilidad regional, de “responsabilidad de proteger”. Clinton bombardeó Kosovo en nombre de la OTAN. Obama justificó Libia como una intervención limitada y ética.

El resultado es un curioso espejismo: parece que unos guerrean y otros gestionan. Pero es solo eso, un espejismo.

Cuando se observan los métodos, la diferencia vuelve a aparecer… y a diluirse.

Los republicanos han preferido históricamente la fuerza convencional, las invasiones a gran escala, la presencia militar visible. Afganistán e Irak son el ejemplo más claro. La guerra entendida como ocupación, como control territorial, como demostración inequívoca de poder.

Los demócratas, más incómodos con ese tipo de imágenes, optaron por otra vía: la guerra de precisión. Drones, operaciones especiales, campañas aéreas sin botas sobre el terreno. Una violencia más limpia, más tecnológica, menos visible para la opinión pública doméstica. Fue un presidente demócrata quien normalizó e institucionalizó el asesinato selectivo por control remoto, ampliando como nadie antes el uso de drones armados.

El saldo humano, sin embargo, no desaparece. Solo se vuelve más difícil de ver.

Y es aquí donde el relato partidista termina de romperse. Porque ambos partidos han iniciado guerras, ambos han heredado conflictos y los han escalado, ambos han intervenido unilateralmente cuando lo han considerado necesario. Unos con grandes invasiones, otros con campañas aéreas silenciosas. Unos con discursos grandilocuentes, otros con informes técnicos y ruedas de prensa sobrias.

El llamado “intervencionismo humanitario”, tan a menudo asociado a los demócratas, no es una alternativa real al belicismo, sino otra forma de justificarlo. Cambia la causa invocada, no la herramienta utilizada. Y cuando conviene, los republicanos también han recurrido a ese mismo argumento.

Un presidente republicano llevó a Estados Unidos a las guerras convencionales más devastadoras del siglo XXI; un presidente demócrata convirtió la guerra encubierta y permanente en una política de Estado.

Ambos fueron profundamente beligerantes. Solo eligieron formatos distintos.

Al final, como casi siempre, la clave no está en el partido, sino en la estructura. El poder ejecutivo estadounidense, el complejo militar-industrial, los intereses geopolíticos permanentes y la inercia de una superpotencia global en declive empujan en la misma dirección, gobierne quien gobierne. El presidente modula el discurso, elige el envoltorio, decide si la guerra se presenta como fuerza, como deber moral o como operación quirúrgica. Pero rara vez cuestiona el fondo.

La beligerancia estadounidense no es una anomalía republicana ni una traición demócrata.

Es bipartidista.

Lo que cambia no es la guerra, sino la forma de contarla. Y mientras discutimos si el lenguaje es más agresivo o más amable, el sistema sigue funcionando haciendo de la fuerza militar una herramienta recurrente, casi automática, de la política exterior.

Quizá la pregunta no debería ser quién es menos beligerante.

Quizá la pregunta correcta sea por qué ninguno deja de serlo.