El giro de capas amplias de la población hacia la extrema derecha no se explica por racismo, sexismo o rechazo a la «cultura woke». Responde a una reacción frente al derrumbe del tejido social que alguna vez ofreció seguridad, comunidad y propósito. El avance de la extrema derecha exige a la izquierda un delicado equilibrio: forjar alianzas amplias para enfrentarla sin entregar su conducción al centro liberal. Debe librar una doble batalla: contra la extrema derecha y contra las tendencias adaptativas de sus aliados moderados.
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