"Tú no eres mi hijo", le dijo nada más entrar. Saludó a la auxiliar que manipulaba los goteros y se dirigió a la silla que se encontraba junto a la cama. Al tomar asiento, sacó una libreta con tapa de cuero, bolígrafo y volvió a mirar a aquella mujer con la cabeza vendada quien, sin quitarle el ojo de encima, repetía: "tú no eres mi hijo".
"Está bien, está bien. De acuerdo", murmuraba desanimado mientras apuntaba unas líneas en su cuaderno. Al terminar de escribir, se levantó, la observó una última vez y, preocupado, salió de aquella estancia acompañado de la asistente. Al cerrar la puerta, sin apartar la mirada de sus notas, le dijo: "necesito que revises el algoritmo del protocolo 17; sigue fallando el cifrado de proyección de familiares fallecidos y no entiendo por qué".