A lo largo de la Historia el oficio de las armas ha sido fundamentalmente masculino, lo que no quita que algunas mujeres se hayan dedicado también a ello. Florina de Borgoña quedaría englobada entre las que se vieron impelidas a empuñar la espada mientras acompañaban a sus cónyuges o recogiéndola cuando éstos cayeron. En su caso, cuando ella y su prometido danés, con su hueste, cayeron en una emboscada turca mientras viajaban a Jerusalén para casarse, durante la Primera Cruzada.