Lo que para el ser humano se convirtió en un territorio inhabitable, para la fauna salvaje terminó siendo un refugio inesperado. Entre todas las especies que se asentaron en la región, los lobos destacan de forma especial. Cuatro décadas después del accidente, su población no solo ha sobrevivido a niveles de radiación muy superiores a los aceptables para las personas, sino que se ha multiplicado.