En los siglos XVII y XVIII se produjo una cierta obsesión por China en Europa, siendo el país del Lejano Oriente un objeto de fascinación para las élites europeas, lo que llevó a la aparición de la "arquitectura chinesca" como intento de reproducir estilos de China. De la Palazzina Cinese en Palermo a la Drachenhaus en Potsdam, en Europa hubo abundantes ejemplos de esta arquitectura de fantasía orientalizante.