Una democracia no se mide solo por la existencia de elecciones periódicas o por la proclamación solemne de derechos en una Constitución. Se mide, sobre todo, por la independencia real de su sistema judicial, por la igualdad ante la ley y por la confianza de la ciudadanía en que los conflictos de poder se resuelven conforme a normas comunes y no según intereses particulares. En España, cinco décadas después de la muerte de Franco, esa confianza está seriamente erosionada.
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La izquierda heavy no logra ponerse de moda por falta de un buen batería que golpee bien.