Mi primera definición del infierno sería encontrarme en un crucero turístico con otras cinco mil personas atrapada en mitad del océano y entretenida mirando pateras con los prismáticos. La masificación del ocio que avanza ciegamente entre mares podridos y vidas rotas, hacia escenarios históricos convertidos en platós de uso móvil, muecas para fondo de pantalla. Nunca fue más torrencial la necesidad de parecer, o de aparecerse, por encima de la de ser, aunque salgas a lucirte con un vestido prestado.