En una sala de subastas de París, una pieza de tela esperaba su destino. Era una curiosidad menor entre muebles, porcelanas y cuadros de firma dudosa y no tan dudosa. Nadie reparó en ella, ni mucho menos sospechó que estaban ante una pieza única en su género. En el catálogo—pese a su mala calidad— se adivinaban elementos que solo un ojo muy entrenado podía reconocer: fragmentos de un escudo real y restos del aspa borgoñona, que no encajaban con un simple paño doméstico.