En el verano de 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, un viejo acorazado británico abandonó las aguas de Escocia rumbo al Ártico. No era una misión cualquiera: el buque iba a ser entregado a la Unión Soviética. Su nuevo nombre sería Arcángel, y durante un breve pero intenso periodo se convertiría en el mayor barco de la flota soviética.
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