Una de las cosas que puede sorprender de los test psicotécnicos, o al menos algunos de ellos es una pregunta del estilo: ¿Cree usted tener poderes sobrenaturales? Algo así. Y como los poderes sobrenaturales no existen, si contestas que sí, estás loco, obvio. Ésa era fácil. Puede que más adelante reformulen la cuestión de forma algo más sutil y velada. Y si que contestas que sí sólo estás medio loco, supongo.
Eso, partiendo de la premisa de que esos poderes “sobrenaturales” no existen. Caso contrario, responder que sí a esas preguntas te llevaría directo a un laboratorio disfrazado de sanatorio mental: toma estas pastillas y te pondrás bien. El resultado en realidad parece diferir poco.
Pero mi impresión es que no te llevarían a un sofisticado laboratorio de investigación secreto financiado por alguna organización supranacional con ínfulas y pretensiones de gobernar al resto, al estilo x-men, no. Te meterían en un agujero y tirarían la llave. Así. Con “medicación para paliar los síntomas”, naturalmente.
¿Qué síntomas son esos? Bueno, quizás ideas extrañas que pasan por la cabeza y a veces podría parecer que ni siquiera nos pertenecen. Otras… voces. Algo que como todos “saben”, es típico de los locos.
Ahora bien, sabiendo que el cerebro emite una serie de ondas y que las antenas suelen tener un funcionamiento bidireccional, en modo similar a la piezoelectricidad… es raro que no se estudie más. Aunque bueno, parecido aunque con matices, ahí está el proyecto Neuralink.
Eso debería hacer pensar a algunos que hablamos de tecnología, no de locura. Pero no es en realidad lo que me interesa. Veamos en cambio el relato del entretenimiento sobre asuntos semejantes. La primera que me viene a la mente es “The men who stare at goats”. Los hombres que miraba fijamente a las cabras. No es muy seria, no.
Pero entre los de mi generación, uno de los primeros contactos que pudimos tener con semejante idea (a quién se le iba a ocurrir?) es la mítica escena de apertura de Cazafantasmas. La situación que se presenta describe multitud de cosas sobre la sociedad y las personas. Tal vez más de las que cabría apreciar en un primer visionado.
Sigamos con la ficción, “La máquina de volar”, de Bradbury. No quiero destriparlo, ves a leerlo ahora y no sigas, pero si ya lo ha leído la moraleja es clara: a los que construyeron la gran muralla no les interesa que prosperen los medios para superarla.
Y siguiendo en la ficción, vamos a ponernos en un escenario tipo X-men: “mutantes” perseguidos por su naturaleza. Porque claro, si usted es un alienígena que quiere hacerse con el control de un planeta en el que habitan ya millones de seres, cabe mencionar que una dificultad es el idioma, como siempre que se viaja lejos, pero si además está poblado por telépatas hijos de puta la cosa se complica bastante. Dos miradas se cruzan y ya tienes al infiltrado fulminado.
Así que no, habría que erradicarlo. Y prohibiendo o dificultando todo aquello que lo favorezca. Al final el ser humano, incluso en la vigilia, transita por la vida como sumido en una especie de sueño. Despertador, siete días por semana y cincuenta y dos por año, trabajo, familia, navidad, verano, navidad, verano, navidad…
Cualquier alteración de conciencia respecto a ese marco mental seria contraproducente. Y el don se pierde como podría perderse el don de habla si prohibiéramos el lenguaje. Si no se enseñara y no se transmitiera, si no se ejercitara se entumecería, se contraería y quedaría reducido a la condición de órgano vestigial. Hasta el punto de que las generaciones sucesivas, ni siquiera serían conscientes del potencial que encierra ni de como desplegarlo. Cualquier tentativa en ese sentido sería reconducida hacia la ridiculización: eso no es ciencia, etc. Y no puede dejar de imaginarse al personaje de Bill Murray a cargo de los experimentos. Sería fácil, bastante fácil taparlo.
Y para casas críticos siempre funciona la combinación de aislamiento y terapia con antogistas. Dejando en encefalograma planito, planito como una cama recién hecha. Pero al final no hay que olvidar que existen inclinaciones, se diría que innatas, como el reflejo de succión de las crías de los mamíferos.
Siempre hay una dispersión en las condiciones físicas de una población dada, la sensibilidad a este tipo fenómeno no sería distinta. Si lo vemos desde el punto de vista exclusivamente científico-técnico, lo que es innegable es que el cerebro genera con su actividad una huella térmica, eléctrica y magnética. En eso se basa el proyecto Neuralink.
Claro que igual todo el tema de los electrodos resulta un poco aparatoso, por lo general intentamos imitar con torpeza los caminos de la naturaleza. Y puede que la herramienta más útil para conectar con un cerebro sea… otro cerebro. Con los móviles también pasa.
Volviendo al escenario propuesto, prohibida el habla, el aparato fonador quedaría probablemente en un estado de atrofia que la selección natural reforzaría. Quedaría algún tipo de glándula… vestigial.
Y un instinto innato difícil de borrar por completo que convendría reconducir por los cauces oportunos.
Así que si usted va un día de compras, o a la ventanilla del banco o al areopuerto y le recibe una sonrisa mientras un “pensamiento invasivo” se cuela en su mente a los voz de “mira el gilipollas que viene por ahí”, usted está revelando un grave problema de inseguridad.
Si usted en algún momento se cruza con un miembro de su especie y le viene a la cabeza un “me lo follaba hasta dejarlo seco”, entonces usted tiene un exceso de autoestima y una opinión demasiado elevada de sí mismo.
Como le han dicho y repetido desde pequeño, cualquier cosa que suceda dentro de su cabeza es resultado única y exclusivamente del obrar de su pensamiento. Ése es el punto de vista actual, a nivel cultural, social, médico y técnico. Hasta el punto de que, se da tan por supuesto que ni siquiera hay que decirlo.
Y para demostrarlo podemos poner a intentar hablar a alguien que no ha hablado nunca, a ver si dice algo con sentido más allá de un balbuceo o tartamudeo carente de sentido e innegable producto del azar. Luego, no es ciencia. Es sin duda un asunto harto delicado.
Así que tenemos la prohibición de alguna sustancias, aunque en muchos casos se prefiera transigir con su uso, el interés desde la psicología clínica y la catalogación correspondiente, la ridiculización injertada desde el entretenimiento en la cultura popular. La duda que me queda es si alguien alguna vez se atrevió a contestar “sí” a la pregunta de esos cuestionarios. Han quemado libros, brujas… no sería tan raro verlos quemar... “mutantes”.
Pero cuidado: si esto fuera así, se trataría de un terreno de sutilezas etéreas e inasibles, por su propia naturaleza, así que si no quiere verse en el papel de Quentin Tarantino en Abierto hasta el amanecer (From dusk till dawn), se recomienda proceder con un escepticismo cauto. Al final la única certeza es que la maquinaria del entretenimiento siempre tiene el mensaje oportuno. No sea usted ridículo, por favor. A ver si le va a reventar la cabeza de la vergüenza como a esos de la mítica Scanners.
Una de las cosas que siempre me ha llamado la atención de lo que se considera el primer incidente OVNI de la historia reciente (Roswell, 1947) es que el (presunto) cacharro se estrellara, de todos los lugares donde el capricho del destino lo pudiera conducir, tan cerca de una localidad llamada Socorro.
Quiero decir, en la vida a veces se producen ese tipo de resonancias jocosas, muchas veces sin la menor relación causal, pero quizás otras veces no tanto. Porque, pongamos por caso, si uno roba de cualquier parte un OVNI que no sabe pilotar, tiene sentido que se acabe estrellando. Y si ese OVNI se conduce con algún tipo de tecnología de conexión con el pensamiento desconocida y el piloto está francamente asustado, pues entonces sí tiene mucho sentido que se acabe estrellando camino de “Socorro”. Está casi en línea recta entre el área 51 y supuesto lugar del accidente, si no recuerdo mal. En fin, globos aerostáticos.
La pieza que hace encajar todo es la lectura técnica que se puede hacer del fenómeno. Porque, si asumimos que el ejercicio del pensamiento crea necesariamente algún tipo de perturbación, susceptible de ser “leída” con la herramienta oportuna (ya sea tecnológica, orgánica o ambas) lo que resulta ineludible es un medio por el que se propague dicha perturbación.
Un motivo más, sino el fundamental, que explica la insistencia en que la onda electromagnética se desplace por el vacío, la negación del concepto de éter a partir de experimentos (Michelson-Morley) que habrían cerrado la cuestión en falso, e instaurado una asociación del espacio tridimensional con el mero vacío. Llevado a un callejón sin salida. Y posteriormente, la cuántica que precisamente atraviesa esa cuestión, fue de nuevo llevada al callejón sin salida de la indeterminación.
Cual es el motivo prioritario no está claro, pero se hace obvio que un salto significativo en la comprensión del medio es, a no mucho tardar, un salto en la tecnología. Y la comunicación, y en concreto la velocidad de transmisión de la información son aspectos clave. Pero sin duda involucra aspectos si cabe más cruciales aún como la energía.
Aún así, y siendo el mundo como es, yo desconfiaría de cualquiera que le proponga “abrir su tercer ojo”, sobre todo si le pide que se dé la vuelta. Si la élite que se puede inferir de lo comentado hasta aquí estuviera en la posición descrita, no sería raro que ellos mismos promovieran estafas diversas en tales ámbitos, con la típica doble ganancia: además de desacreditar ese tipo iniciativas, lo harían ganando dinero, extremo que garantiza la continuidad operativa.
¿Cuánto debió ganar el tal Uri Geller aquél doblando cucharas en TV? Es la estrategia de la falsa prueba: sacamos a un fantoche en televisión, la conclusión inmediata son una risas y que TODO el tema es una estafa. Yo tampoco es que me dedique a doblar cucharas en mis ratos libres, pero huiría de conclusiones precipitadas, sobre todo cuando se presentan de forma demasiado fácil.
Tampoco hace falta pensar en mecanismos excesivamente elaborados para explicar ciertas tramas, es un poco como el control de la economía por parte de los bancos centrales: les basta con subir o bajar tipos, abrir o cerrar el grifo, un poco más o un poco menos. Lo mismo en el resto de esferas, es dar pábulo o no darlo. Y las puertas se abren, o no. O se pueden cerrar. No hace falta meterse en el pensamiento de nadie para observarlo.
Otro aspecto curioso es eso que se han venido a denominar pensamientos invasivos, o intrusivos. No es raro asociar el pensamiento al yo, pero esa no es a mi juicio la interpretación más correcta. Tal vez ni siquiera tengamos un marco conceptual claro de como funciona. A nivel usuario, el pensamiento se presenta como un secuencia de conexiones entre ideas en un flujo constante. La discusión de si uno elige o reacciona hunde sus raíces ya casi en la filosofía, pero lo relevante es la conexión que se establece a nivel conductual.
Se suele decir que uno es varios yo: el que uno se percibe (conoce pensamiento y acción), el que otros perciben (conocen sólo acción) y el que en realidad es (desde un punto de vista de conocimieno de pensamiento y acción de todos).
Y bueno, lo que es discutible también es la frontera entre pensamiento y acción, que duda cabe de que el pensamiento es en sí mismo un accionar y que excedería la frontera de la piel, como lo hace la huella térmica. Somos un intercambio constante con el medio a todos los niveles.
Y es importante mencionar esto en ese momento porque vamos hacia un tiempo de nuevas armas que inciden en ese campo de batalla. Si se puede saturar una frecuencia de ruido para bloquear las comunicaciones… Nada peor que dar malas ideas, pero en realidad no es nada nuevo.
Lo cierto es hay toda una amplia gama de diversas frecuencias, ya sea en el espectro acústico o electromagnético, que van a interferir con el funcionamiento de esa máquina biológica que llamamos organismo. Nada nuevo, decía, radiación ionizante por ejemplo. Lo nuevo va a ser verlo usado como arma, un poco como el gas en las trincheras de la primera guerra mundial.
Este tipo de enemigo sibilino, silencioso y cruel. Pero claro, usted va a pensar que… pues que va usted a pensar. De hecho es muy posible que una vez salga por la puerta de la sala en la que se halla, se olvide del tema por completo. Peor aún, a veces vamos a otra sala y olvidamos a qué íbamos, y es algo tremendamente frecuente. Hasta el punto de que tiene nombre: efecto umbral. Y se sintetiza más o menos en la maravillosa frase: ¿Y a qué cojones había venido yo? Comprenderá usted que tal tipo de máquina está poco afinada para la guerra, aunque con sangre la letra entra.
Es como si nos hubiéramos dejado los pensamientos en la otra habitación, ¿no le parece? Yo a veces vuelvo a buscarlos si veo que tardan en seguir el ritmo. Pero eso no tiene el menor sentido si usted piensa que el pensamiento está exclusivamente en su cabeza. Seguramente es más sensato verlo como una llama, una cerilla. El calor, el humo, el producto de la combustión… se habrá quemado usted alguna vez si ha pensado que la llama termina donde sus ojos le indican.
Así pues, una vez queda claro que ustedes lo han entendido todo mal, porque les han explicado todo mal, tal vez desde ese punto, puedan empezar a corregirse ciertas situaciones. Y tal vez recordemos qué cojones hemos venido a hacer aquí, cosa que sin duda olvidamos al cruzar el umbral.
Imagínese qué torpeza ir por el mundo pensando que nadie puede ver sus pensamientos, sería absolutamente ridículo. Propio de algún guionista tarado de una película de Jim Carrey. Sería como ir desnudo a la fiesta del baile donde todo van con sus mejores galas. Sería como ir a la guerra desarmado.
Y ahora vamos a darle una vuelta más. Porque si todos estuviéramos en la misma situación sería un desgracia compartida. Pero imagínese que un pequeño colectivo atesorara, no la capacidad, que estaría más o menos latente en todos, si no el conocimiento heredado y legado y la instrucción precisa para ejercerla, que por supuesto, como inestimable ventaja competitiva, en ningún caso compartirían con el resto de... inferiores. Ese tipo de selecto club de hijos de puta.
Hay escenarios incluso peores: la habilidad podría haber sido desactivada genéticamente y quedarían apenas los ecos. O se mantendría bajo mínimos a través de las cadenas de alimentación. Algunos han llegado a proponer que nos hallamos bajo algún tipo de campo (lo cierto es que la resonancia Schumann existe) y bloquear frecuencias clave podía ser su cometido.
Así que si usted pensaba que el interior de su cráneo (o lo que se produce en él) era el último e inexpugnable reducto de privacidad, me temo que ha estado siempre equivocado, que es bastante pero que “ya no”.
Ahora comprende usted, no le voy a decir la “necesidad” del gorrito de papel de aluminio, pero sí el origen de éste. Y por qué es, literalmente, el icono de la ridiculización de la conspiración por excelencia. Sufridos pioneros. No hace falta tanto, yo creo que con la tirria que el imperio sionista le tiene a los persas, un buen turbante puede hacer bien el papel. De hecho el turbante persa podría leerse como un resultado del sesgo de supervivencia.
Luego, se hace difícil no sospechar de aquellos que insisten en “el contacto de tú a tú”, “el trato personal”, el “trato directo”: las reuniones por teléfono o videollamada y el móvil lo más viejo y sencillo posible. En realidad casi mejor evitarlas. Cabe resaltar que la situación propuesta no implica abuso de forma automática por parte de nadie más que por los que la han promovido, pero sin duda es campo abonado de abusos diversos.
O quién sabe, tal vez los razonamientos aquí expuestos sean sólo delirios que se pueden resolver con el tratamiento adecuado. Algo que, casualmente, resulta muy conveniente en el escenario planteado. ¿Qué locura, no?


Fedorito