Para proteger esta nueva capital, se erigió una formidable muralla. La sección más monumental, descubierta en el sitio de La Milagrosa, protegía el acceso por el istmo que conectaba la ciudad con el continente. Se trataba de un muro de cajones (o “casamata”), una técnica helenística que combinaba una imponente cara externa de bloques de arenisca con un muro interior de ladrillos de barro (adobes) unidos por muros transversales, creando compartimentos internos.