Esta relación instrumental con el propio cuerpo explica también la forma particular que adoptó el ocio en amplios sectores populares. Frente a las visiones idealizadas del tiempo libre como espacio de realización personal, para muchos trabajadores el descanso significaba simplemente suspender la obligación. El placer estaba en no hacer nada porque hacer nada era, en sí mismo, un lujo. La inacción no era pereza, sino reparación. No era falta de ambición, sino la única manera de recuperar un cuerpo gastado.
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