A comienzos del siglo V, el Imperio Romano de Occidente ya no era la maquinaria sólida y temida que había controlado todo el mundo mediterráneo durante siglos. Hispania, aunque estuviera lejos del desastre inicial, terminaría siendo uno de los territorios donde el derrumbe de la autoridad romana se hizo más visible. La tranquila vida de la institucionalidad romana se transformó un interminable relato de intrigas políticas, ambiciones personales y decisiones estratégicas que precipitaron el reparto de la Península Ibérica por los bárbaros.
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