Fue a comienzos del siglo XX cuando, en una mina de Sudáfrica, un capataz llamado Frederick Wells creyó ver un simple destello en una pared de roca y decidió comprobarlo con su navaja. Lo que sacó de allí resultó ser el mayor diamante jamás encontrado, una pieza tan grande que durante años se dudó de si era solo un fragmento de algo aún mayor. La icónica escena dejó una idea curiosa que se repite en la historia de la minería: a veces, los hallazgos más extraordinarios aparecen justo cuando nadie los está buscando.
|
etiquetas: diamante , ártico