He hecho sacrificios de focas a la diosa Qailertetang para que me favorezca. No quería matar al oso. Yo cazaba entre montañas de hielo a la deriva y el olor amarillo de su grasa llegó a mi nariz. Medio día después lo vi asomar a muchos pasos, entre agujas de hielo flotante, hambriento. Dejé que se acercara y cuando estuvo a tiro invoqué a los antepasados; la lanza obedeció a mi brazo. Quedó clavada en el costado blanco, brotaba humo rojo. Bramó su boca hecha de hielos y sangres. Quedó moribundo tendido en la nieve: una montaña blanca que hedía. Le respeté como a un dios y le fui troceando mis focas cazadas. Le mantuve vivo días y noches. Comimos la misma carne. La noche que murió, una lanza verde cruzó el cielo. El oso apareció en mis sueños y me mató silenciosamente. Puede que esté soñando que estoy vivo.