—¡Como te lo digo! —gritó Hosokawa, golpeando la mesa al bajar la botella de cerveza—. ¡Perdimos la guerra porque dejamos de ser útiles a los peces gordos! Nos enviaron a morir porque éramos un estorbo para su «utopía tecnoliberal».
—No digas tonterías —contestó Kameda, tratando de calmar el ambiente—. Hay un montón de razones geopolíticas y económicas que...
—¡Chorradas! La cosa empezó por unos islotes que no le importan a nadie y terminó con una pantomima de ocupación en la que no se atrevieron a tocarle un pelo a los conglomerados. Y ahí los tienes, codo con codo con su antiguo enemigo, con sus ciudades-Estado plantadas en medio de lo que era nuestro país, de todos nosotros. Con su ley propia, sanidad propia, seguridad propia... Y nosotros, sin poder ni acercarnos a esos paraísos para unos pocos ricos. Nosotros aquí, en las ruinas. En, en... En la anarquía, sin trabajo.
—Míralo por el lado bueno. Al menos hemos recuperado la libertad de ir donde queramos. Menos a Mitsubishi-New Tokyo, Rakuten-Shin Yokohama...
—Sí… Supongo que al menos podemos ser miserables en cualquier otra parte del archipiélago.