Cuando llegó, todo eran sonrisas. El señor resultaba de lo más gracioso y todos reían sus gracias. Era un rico como tantos otros, con tiempo para jugar al golf, comer con fruición y molestar lo menos posible al servicio, encantado de, por una vez, no sucumbir a las locuras de un nuevo rico. Jugaba al golf, comía y bebía, realizaba fiestas que lo hacían sentir satisfecho. Hasta que ya no. Empezaron entonces los rituales extraños, en que bebía la sangre de personas puras, aunque nadie sabía qué demonios significaba eso. Algunos decidieron que seguirlo era la única opción y lo convirtieron en un nuevo dios, aceptando cada nuevo capricho que deseaba. Le dieron un nombre: salvador. Y rechazaron salvarse ellos mismos. El nuevo mesías se hizo monstruo. Las sonrisas se congelaron. Todos demostraron un nulo juicio.