Al cabo de una hora de estar allí conectado supe que nunca más querría salir. Mi cuerpo dejó de ser importante, la máquina lo alimentaba. Entendí por qué multitudes desaparecían del mundo para entrar en El Universo, para siempre. La libertad absoluta, la imaginación al servicio de mis apetitos, la omnipotencia que sólo se siente en los sueños. Creo que hice algo memorable cuando mi consciencia flotaba, solitaria, sobre las aguas. Entonces simplemente dije: hágase la luz.