‒ Ven, por aquí.
‒ ¿Seguro? Ayer dimos vueltas dos horas.
Casi a tientas, Quen deslizó un panel descubriendo un hueco estrecho.
‒ Lo ves... ¡Rápido!
Los dos chiquillos se escabulleron como gatos hacia el otro extremo. Cuando sus ojos se adaptaron a la fuerte luz, liberaron una sonrisa almibarada.
‒ ¡Mira eso Xia!
Sin perder tiempo, ensacaron todo lo que alcanzaban sus manos.
‒ ¡Patatas!
‒ ¡Y zanahorias!
Como cortando sus risas con un cuchillo, un zumbido erizó hasta el último centímetro de su piel. Sin pensarlo, corrieron al hueco mientras una lluvia metálica silbaba alrededor. Tras arrastrarse angustiosamente, volvieron al otro lado.
‒ ¿Estás bien?
‒ Sí, ¿tú?
‒ Creo que sí.
Al amanecer, tres patrullas quebraron la oscuridad. Un ágil perro metálico derribó la puerta. El localizador centelleaba bajo la piel de Quen.
‒ Es él.
Se lo llevaron dejando caer un aviso:
DETENCIÓN.
ROBO EN TIERRAS PRIVADAS.