Despegue perfecto, deja su cuna temblando. Asciende y avanza, dibujo parabólico en el cielo. Sobrevuela la sábana azul del mar sereno, una paz que el misil no entiende. Cientos de kilómetros después aparece tierra firme, dura, áspera. Descenso sobre mi ciudad, mi edificio, mi hogar. Mejor dicho: los escombros de mi ciudad y del edificio donde mi familia y yo vivíamos.
Tres, dos, uno... una mano alcanza mi cara. Limpia mis lágrimas resecas y sucias de polvo de cemento. Acerca un trapo mojado a mis labios para que succione y aliviar la deshidratación. Liberan mi abdomen y mis piernas de cascotes, me llevan en volandas.
No sé ni el modelo del métalico proyectil ni el nombre de aquellos héroes de cálidas manos. Pero si tengo que elegir un recuerdo para el resto de mi vida, me quedo con lo humano.