
Odio el futbol por lo que los bloqueos de La Liga a Cloudflare me fastidian especialmente. Se que puedo usar VPN gratis para saltarme los bloqueos pero no por ello me baja la indignación. Me fastidia porque no veo fútbol, no me interesa lo más mínimo, y aun así cada vez que hay partido me encuentro con algún problema para acceder a algunas webs. Por suerte nunca me ha pasado en Menéame y casualmente tampoco ocurre en plataformas de apuestas deportivas. Lo más alucinante es que no estamos hablando de un capricho ilegal ni de una chapuza técnica improvisada ya que LaLiga tiene respaldo judicial. Varios juzgados de lo Mercantil de Barcelona le han dado autorización para ordenar bloqueos de webs, dominios y direcciones IP implicadas en la piratería de retransmisiones. El invento se llama bloqueo dinámico y consiste, básicamente, en no tener que volver al juez cada vez que aparece una nueva web o un nuevo servidor sospechoso. Se firma una autorización amplia y luego se ejecuta semana tras semana con la bendición del sistema.
En la temporada 2024–2025 se cruzó una línea más. Una sentencia de diciembre de 2024, ratificada después, permitió bloquear direcciones IP en tiempo real durante los partidos. En directo. Sin anestesia. Mientras se juega el partido, se identifican IP y se tumban. Formalmente todo es impecable, todo tiene sello judicial, todo se hace en nombre de la propiedad intelectual. Y ahí es donde empieza el problema, porque la realidad técnica de internet no encaja bien con esa lógica de lista negra y botón rojo. Muchas de esas IP pertenecen a infraestructuras compartidas como Cloudflare o Google. No son servidores de una web concreta, son autopistas por las que circulan miles de proyectos legales. Cuando se bloquea un rango entero, no cae solo el chiringuito pirata, caen también medios pequeños, tiendas online, portfolios profesionales, herramientas de trabajo, webs culturales y servicios que no tienen absolutamente nada que ver con el fútbol. Y aun así, cuando Cloudflare ha intentado impugnar estos bloqueos, un juzgado de Barcelona ha rechazado la queja y ha avalado la práctica incluso sabiendo que afecta a terceros inocentes.
Aquí es donde creo que se nos está tomando el pelo. Se acepta explícitamente el daño colateral. Se asume que es un precio razonable. Que durante unas horas es normal que internet funcione peor, que servicios legales se vuelvan inaccesibles y que empresas pierdan dinero porque alguien ha decidido que es la única forma eficaz de proteger un negocio audiovisual multimillonario. Es la clásica lógica de matar moscas a cañonazos, solo que las moscas somos todos. LaLiga se defiende diciendo que actúa conforme a derecho, que los bloqueos son necesarios para combatir la piratería en tiempo real y que los datos demuestran una reducción significativa de emisiones ilegales. Afirma que colabora con operadores y socios tecnológicos para minimizar el impacto y que plataformas como Cloudflare, Google o determinadas VPN tienen una responsabilidad indirecta porque facilitan que los servicios piratas sigan funcionando. Es un discurso pulido, jurídico, perfectamente presentable. Pero no responde a la sensación de abuso que queda en el usuario corriente.
Porque el usuario se queda en tierra de nadie. No ha hecho nada ilegal, no está viendo fútbol pirata, pero de pronto no puede acceder a una web legítima porque comparte infraestructura con otra que sí ha sido señalada. No hay aviso previo, no hay explicación clara, no hay un mecanismo rápido de defensa. Solo hay un bloqueo y un encogimiento de hombros implícito: mala suerte, hoy hay partido. Lo peor de todo es el precedente, si hoy se acepta que se puede degradar el acceso general a internet para proteger el fútbol, mañana se aceptará para proteger cualquier otro interés poderoso.
Este año, he viajado a México para una feria internacional a la que iba mi empresa. Es la primera vez que cruzo el charco y ya me habían aconsejado los veteranos que activara una tarjeta eSIM para no llevarme un susto con el roaming. La verdad es que una pasada. Fue aterrizar y activarla, y dejar de buscar WiFi desesperadamente. En mi caso usé la Yesim app y pude disponer de datos instantáneamente. Esa experiencia tan sencilla es el resultado de una historia tecnológica bastante más larga y curiosa de lo que parece.
Buscando información sobre la eSIM, he encontrado que su origen no está en el turismo ni en el consumo, sino en las máquinas. Mucho antes de que alguien pensara en escanear un código QR en un aeropuerto, la industria andaba buscando una forma de conectar dispositivos sin depender de tarjetas físicas. Los sensores industriales, los contadores eléctricos o los sistemas de seguimiento de mercancías necesitaban conectividad estable, segura y, sobre todo, gestionable a distancia. Ahí nació la idea de una SIM soldada al dispositivo y programable por software.
El estándar de la eSIM fue impulsado por la GSMA, la misma asociación que lleva décadas marcando las reglas del juego de la telefonía móvil. Una de las curiosidades es que durante años fue una tecnología prácticamente invisible para el usuario final. Funcionaba en segundo plano, integrada en sistemas que nadie veía, mientras el gran público seguía discutiendo si era mejor la microSIM o la nanoSIM. Aquella carrera por hacer la tarjeta cada vez más pequeña acabó siendo, en perspectiva, una especie de prólogo innecesario.
La eSIM se convierte en conocida para el publico en general cuando llega a los relojes inteligentes. De pronto, un reloj podía tener datos móviles sin necesidad de ranura alguna. Muchos se preguntaron para qué servía eso, pero la clave no era el reloj, sino la prueba de que la conectividad podía independizarse del objeto físico. Poco después, algunos móviles de gama alta empezaron a incluir soporte para eSIM, primero como complemento y luego, en ciertos mercados, como única opción.
Parece ser que los primeros debates sobre eSIM en foros estaban llenos de desconfianza. Había quien pensaba que las operadoras usarían la tecnología para atar aún más a los clientes, cuando en realidad ocurre lo contrario. De hecho, se comentó en Menéame. Cambiar de operador puede ser tan fácil como borrar un perfil y descargar otro nuevo. En algunos países, esta facilidad ha generado auténticos quebraderos de cabeza a las compañías, que ya no pueden confiar en la inercia del usuario.
Ahora vuelven a estar en la conversación pública con el tema de las balizas conectadas. Muchas de estas balizas usan sistemas de «multi-IMSI» o «multi-perfil», lo que significa que pueden tener acceso a varias redes móviles y seleccionar automáticamente la que mejor funcione en cada momento. Si una red cae o tiene mala cobertura, la baliza puede saltar a otra sin dejar de emitir datos. Esto es clave en usos críticos, como emergencias, seguimiento o señalización.
En lugar de contratar una línea con una operadora tradicional, los fabricantes suelen trabajar con proveedores globales de conectividad IoT. Estos proveedores agregan múltiples operadores bajo una sola gestión y ofrecen cobertura internacional continua. Para la baliza da igual estar en España, Francia o Marruecos: se conecta a la red que mejor responda, sin cambiar nada físicamente.
También se está usando en cuerpos humanos, no como implante de comunicación al estilo ciencia ficción, sino integrada en prótesis avanzadas y dispositivos médicos implantables. Marcapasos, bombas de insulina o sensores internos podrían usar eSIM para transmitir datos médicos en tiempo real sin depender de equipos externos, con conectividad gestionada a distancia y sin intervenciones quirúrgicas para cambiar nada. Aunque no me extrañaría que más pronto que tarde acabemos llevando más conectividad dentro del cuerpo que en el bolsillo.
menéame