El progreso tecnológico exacerbado está elevando la productividad y los ingresos, pero también puede estar encareciendo hasta extremos inéditos la carrera por acumular habilidades, ampliando la desigualdad social y reduciendo el bienestar individual. No se cuestiona que la tecnología genere crecimiento económico, sino que éste puede convivir con un empeoramiento del equilibrio social. Y así ha sido a lo largo de la historia y sigue siéndolo, pero cada vez aplicando mayor presión sobre quienes intentan no quedarse atrás.