En ese contexto, la geopolítica tecnológica deja de ser una disputa entre dos superpotencias para convertirse en un proceso de fragmentación acelerada. No estamos ante una nueva Guerra Fría, sino ante algo más prosaico y más peligroso: un mundo en el que cada bloque, cada región y, en algunos casos, cada país, intenta reducir dependencias críticas porque ha entendido que confiar en infraestructuras ajenas es una vulnerabilidad estratégica. La tecnología ya no es un sector económico: es una infraestructura política.