“Mira el aro”, me decía una y otra vez Bartolo, mi entrenador en infantiles. Deja de mirar a tu padre en la grada y mira el aro. En ese momento no entendía bien que, lo que realmente me quería decir era que confiara más en mí y pensara menos en qué pensaría de mí mi padre, mis compañeros o aquel señor de Cehegín que no tenía nada que hacer ese día y se pasaba por el pabellón después del café de media mañana a ver jugar a unos críos.
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