Las luces del teatro se atenúan y un potente y solitario foco se enciende con un golpe metálico. El haz deja a su paso rastros de partículas en suspensión y espesas volutas de humo. La luz inunda al mago, sobresaturando los colores de su indumentaria: esmoquin oscuro como de terciopelo barato, camisa blanca y chaleco con brillibrilli de color granate. Este aspecto no presagia nada bueno para el espectador medio de una audiencia que no destaca por su abundancia. El hombre comienza a hablar y estos temores se materializan en un espectáculo...
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