Hay una escena que se repite en miles de dormitorios. La luz está apagada, la casa en silencio, pero el rostro permanece iluminado por una pantalla. No es la lámpara de la mesilla, es el teléfono. Esa pequeña luna fría suspendida a pocos centímetros de los ojos. La noche ya no es oscura. Es azul.
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