La sustitución de la jerarquía racial por una jerarquía tecnológica o meritocrática no supone una ruptura real, sólo un cambio de narrativa. Allí donde antes se hablaba de raza, hoy se habla de talento, coeficiente intelectual, disrupción o superioridad técnica. El resultado, sin embargo, es similar: unos pocos deciden, muchos obedecen. Unos pocos se benefician, muchos absorben los costes. La desigualdad deja de ser un problema político para convertirse en un efecto secundario aceptable del progreso.
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