Advierto, es Lunes y estoy algo disperso, y me da por pensar chorradas.
Soy un usuario a veces pesado, y me doy cuenta cuando escribo comentarios largos, aunque a veces reacciono y trato de simplificar el mensaje, que también hace que mejora mi forma de expresarme ... se hace lo que se puede, no tengo un gran don de la palabra.
Me ha dado por pensar a veces en ciertos comentarios de gente, que da largas explicaciones, puede que simplemente tengan una mente ágil, y puedan argumentar larga y tendidamente sin despeinarse.... mi profunda admiración ya la tienen.
Pero ya he visto a gente usar la IA en temas como escribir correos de empresa o en chats de empresa, con un tono formal y bien escrito, así que simplemente he pensado que no sería tan difícil implementarlo al revés, escribir como un usuario de aquí, con un tono más informal.
Ya lo he visto en algunas argumentaciones, muy esquemáticas y que saltaban a la legua el uso de IA, y esto que digo no es nada novedoso e incluso será estúpido (de ahí el título de esto), pero me ha dado por pensar a la larga, si esto fuera la tendencia común de todos, de poner largos comentarios donde solo revisamos que esté en nuestra línea de pensamiento, y cuando otro contestara, simplemente le decimos a la IA que ponga la contra-argumentación.
Al final esto se convertiría en un tostonazo, quizás con cosas interesantes, pero para alguien que llegara de nuevas al foro sería algo inasumible de afrontar para 5 minutos que te apetezca algo ligero o para pasar el rato.
Para probar lo que comento, con un argumento hecho íntegramente por IA y solo diciendo que me ponga cosas a favor de Viktor Orbán, y diciéndole el tipo de tono a poner y solo le he corregido una vez para que sea más informal.
¿Pasaría esto como un meneante medio? Lo que está en cursiva es lo que me ha escrito la IA:
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A ver, Viktor Orbán no es ningún santo, pero tampoco es el villano absoluto que mucha gente pinta por ahí. Hay bastante gente en Hungría que le apoya y no es porque sí.
Para empezar, el tío va de cara. Dice lo que piensa y luego hace más o menos lo que prometió, y eso en política ya es raro de narices. Mucha gente está harta de políticos que cambian de opinión cada dos días, y Orbán en eso es bastante consistente.
Luego está el tema de defender su país. A sus votantes les gusta porque sienten que pone a Hungría primero, sin estar todo el rato pendiente de lo que diga la UE o de quedar bien fuera. En plan: “oye, que mando yo aquí”. Y eso a bastante gente le da confianza.
Con la inmigración, por ejemplo, ha sido súper claro desde el principio. Puedes estar de acuerdo o no, pero no ha ido dando bandazos. Sus seguidores lo ven como alguien que intenta mantener el control y la seguridad, y ya está.
También hay quien dice que, dentro de lo que cabe, el país no va mal del todo económicamente. No es que sea Alemania, pero tampoco está hundido, y eso para muchos ya es suficiente para decir “bueno, pues lo está gestionando decentemente”.
Y otra cosa: no se corta en llevar la contraria a Bruselas cuando no le gusta algo. Eso fuera cae mal, pero dentro hay gente que lo ve como alguien con carácter, que no se deja mandar.
En resumen, que tiene muchas críticas, sí, pero también tiene su base porque proyecta imagen de líder fuerte, claro y bastante coherente. Y eso, aunque no guste a todos, a mucha gente le convence.
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Me imagino esto multiplicado por 20 en cada noticia ... me da escalofríos XD
Saludos y espero no ser muy aburrido.
Bueno, para contar un poco la historia.
Tengo un tío de 88 años, exminero, con epoc, grado 3 de solicosis, ha pasado la tuberculosis y con todo ello, ha sobrevivido al coronavirus; hace ya unos meses, volviendo a su Residencia de ancianos a principios de Diciembre.
Le ha quedado un poco de secuela, ya que dice que nota mas cansancio del habitual y que se ahoga más de lo normal. Pero nada más.
1 mes ingresado en el Hospital, donde fue excelentemente tratado por los profesionales que tenemos en la Sanidad Pública de este país.
Pues ya ha recibido la primera de las vacunas Pfizer y está a punto esta semana de convertirse en unas de las primeras personas con la segunda dosis en el cuerpo.
Ayer hablaba con él por teléfono porque no pueden salir de la residencia y me contaba que se encontraba con ganas de que se la pusieran y verse a salvo y ayudar a los demás a no pasar por lo que ha pasado él sobre todo el miedo a no saber que es lo que te va ocurrir en tu cuerpo debido a lo poco que aún conocemos del COVID-19
No ha tenido ninguna reacción a la primera vacuna ni ha notado nada extraño.
No lo cuento como proeza ni como logro, sino que teniendo casos cercanos nos hace ver que en realidad las vacunas son seguras y no entrañan más riesgo que cualquier otra vacuna que tengamos en el mercado.
Lamentablemente tanto para mi abuelo como para otras miles de personas esta vacuna llega tarde. Pero en la recta final no tenemos que relajarnos pensando en que ya está todo hecho, cuando no es así
Aun así seguiré informando de su estado de salud después de recibir la segunda dosis de la vacuna.
Hace poco salió por aquí una pregunta a los meneantes sobre su sueldo. Viendo los datos que nos esperan de nacimientos me gustaría saber cómo anda por aquí la situación.
Edad:
Edad pareja:
Nivel de estudios:
Nivel de estudios de pareja:
Número de hijos:
el mío:
Edad: 34
Edad pareja 34
Nivel de estudios: medio
Nivel de estudios pareja: Alto
Número de hijos: 0 (1 en camino)
Una de las actitudes a las que nunca daré mi apoyo, es a la que te lleva sin estar cualificado, a tomar decisiones que necesitan cualificación. ¡Qué atrevimiento, qué EGOísmo !. Pues un altísimo porcentaje de esas veces, por razones obvias, acaba con los proyectos sumidos en el desastre.
El limite de nuestros pensamientos está confinado por la extensión de nuestros conocimientos, pues no somos capaces de imaginarnos correctamente todo los detalles que desconocemos a priori. El cerebro distingue lo real de lo imaginario antes de que seamos consciente de un pensamiento o recuerdo. Cuando improvisamos una respuesta, el cerebro también la archiva como real y nos lleva a confundir recuerdos reales con fantasía, es muy fácil confundirse.
Lo que en otras lugares seria anecdótico, y se habría corregido más tarde o más temprano, por activa o por pasiva, aquí se le rinde un profundo culto. Damos mucha más importancia al mensajero que al mensaje, si es un interlocutor de los que llaman “respetado” aunque diga autenticas mamarrachadas, le escuchamos atentamente e incluso luego lo repetimos hasta el delirio, pese a que ya nadie nadie quiere escucharnos. En cambio, aunque sea un mensaje de una demostrada excelencia, aunque en otros lugares lo hayan elogiado, premiado y hecho suyo, aquí no lo ignoramos por completo, es digno de un profundo estudio.
Otro síndrome que está a la orden del día, es el efecto Dunning-Kruger. Un sesgo cognitivo por el cual los individuos tienden a sobreestimar o subestimar su competencia en un área de conocimiento o respecto de una competencia determinada. En particular, los individuos menos competentes tienden a sobreestimar su competencia y rendimiento, mientras que los sujetos más competentes tienden a subestimarse, considerando que su competencia y rendimiento es inferior al real.
¿A quién no le ha pasado alguna vez en la vida? A mi muchas veces, y de las dos maneras, pero entiendo que es algo que se tiene que corregir, no para ser más competente, sino para minimizar nuestro daño en las interacciones de conjunto, poder aportar algo más que buenas intenciones.
El único estudio que he encontrado realizado a españoles, por desgracia, solo fue realizado a 240 alumnos de las universidades de Alicante.
Por aquí dejo el estudio, por si a alguien le interesa.
rua.ua.es/dspace/handle/10045/99588
Porque mediocre no es el que no tiene cultura, mediocre es el que pudiendo tener cultura se ha negado a adquirirla. Joya.
La importancia de los idiomas.
Muchas formas de decir rancio.
La ONU, la Unión Europea, la OTAN, el Poder Judicial, el Tribunal Constitucional, la Corona, la religión, los partidos políticos, los sindicatos, las ONG, la asociación de vecinos, el club de fútbol, los medios de comunicación, etc, etc...
Parece que en buena parte de la ciudadanía (¿occidental, europea, española?), que no en toda, ha arraigado un sentimiento de incredulidad y apatía hacia estos y otros “entes”, algunos de los cuales, en teoría, configuran la estructura de la sociedad actual.
No me considero tan ingenuo como para esperar hoy en día, por ejemplo, de la ONU los resultados que serían exigibles arreglo a los motivos por los cuales fue creada. Pero, ¿alguien pone en duda la necesidad de la existencia de una organización internacional que tenga por misión velar por la paz mundial en un mundo real en el que no están superados, ni de lejos, los problemas que destruyen esa paz?
Pensemos entonces que la ONU no es una organización inútil o indeseable, sino que quizás, al igual que tantas otras organizaciones de toda índole, se encuentra secuestrada, y es por eso por lo que no da los frutos que cabría esperar de ella. ¿Son, por ejemplo, los sindicatos organizaciones inútiles, y de ahí nuestro escepticismo, o por el contrario es nuestra propia dejadez y pasividad lo que aprovecharon los secuestradores para apoderarse de ellos? ¿Qué empezó antes, la traición o la desafección?
En el panorama político español de octubre de 2025, la fragmentación del espacio progresista contrasta con la creciente consolidación de las fuerzas ultraconservadoras. La dispersión electoral de las izquierdas no es meramente un problema aritmético, sino una crisis de proyecto político que amenaza con entregar las instituciones a quienes buscan desmantelar décadas de avances en derechos sociales, laborales y civiles.
La atomización de las fuerzas progresistas se traduce en una sangría constante de escaños y poder institucional. El sistema electoral español, con su fórmula D'Hondt y circunscripciones provinciales, penaliza especialmente la división. Mientras el bloque conservador optimiza sus resultados presentándose de forma cohesionada o con pactos claros, la izquierda pierde representación provincia tras provincia por la multiplicación de candidaturas.
Las consecuencias son tangibles: gobiernos autonómicos y municipales que podrían ser progresistas quedan en manos de coaliciones de derechas por diferencias de pocos miles de votos. Diputados que se pierden en provincias pequeñas por décimas porcentuales. Políticas públicas que no se implementan porque la suma de votos progresistas, siendo mayoritaria, no se traduce en mayoría parlamentaria.
La fragmentación no solo afecta a los resultados electorales, sino a la capacidad real de incidir en las decisiones que transforman la vida de la ciudadanía. Un espacio político dividido es un espacio político debilitado, incapaz de articular mayorías estables que impulsen reformas estructurales.
La experiencia reciente demuestra que los avances más significativos en derechos laborales, justicia fiscal, transición ecológica o políticas de igualdad se han logrado cuando las fuerzas progresistas han sido capaces de superar sus diferencias y acordar agendas comunes. Por el contrario, la división interna consume energías en disputas estériles mientras las urgencias sociales quedan sin respuesta.
La capacidad de negociación frente a otros actores políticos, sociales y económicos también se ve mermada. Un frente unido de izquierdas puede establecer líneas rojas claras y defender con firmeza sus propuestas. La dispersión, en cambio, invita a estrategias de división y debilitamiento por parte de quienes no comparten el proyecto transformador.
La unidad de las izquierdas no puede ser un ejercicio de uniformidad que diluya identidades políticas legítimas. Debe construirse desde el respeto a la pluralidad, reconociendo que diferentes tradiciones y sensibilidades enriquecen el proyecto común. La convergencia no implica renunciar a matices, sino jerarquizar prioridades y distinguir lo fundamental de lo accesorio.
Una propuesta vertebradora debe articularse sobre ejes programáticos claros:
Justicia social y económica: Defensa de los servicios públicos universales, redistribución de la riqueza mediante una fiscalidad progresiva, protección del Estado del bienestar frente a los recortes y privatizaciones. Garantía de derechos laborales dignos, salarios suficientes y protección social robusta.
Derecho a la vivienda: Reconocimiento de la vivienda como derecho fundamental y no como mercancía especulativa. La crisis habitacional se ha convertido en la principal preocupación de amplias capas sociales, especialmente jóvenes y familias trabajadoras. Una propuesta progresista debe incluir la construcción masiva de vivienda pública en alquiler asequible, regulación efectiva del mercado para evitar la especulación, limitación de los precios de alquiler en zonas tensionadas, prohibición de los desahucios sin alternativa habitacional, tributación más elevada para grandes tenedores y viviendas vacías, y recuperación del parque público mediante compras estratégicas. Sin solucionar el acceso a la vivienda, cualquier proyecto de país se vuelve inviable para millones de personas.
Transición ecológica justa: Reconocimiento de la emergencia climática como prioridad política, acompañada de medidas que aseguren que el coste de la transición no recaiga sobre las clases trabajadoras. Apuesta decidida por energías renovables, transporte público, rehabilitación de viviendas y modelo productivo sostenible.
Derechos civiles y libertades: Blindaje de conquistas en igualdad de género, derechos LGTBIQ+, memoria democrática y libertades fundamentales. Oposición frontal a cualquier retroceso en derechos consolidados.
Democracia participativa y territorial: Profundización democrática mediante mayor participación ciudadana, transparencia institucional y lucha contra la corrupción. Reconocimiento de la plurinacionalidad del Estado español y respeto a las diferentes sensibilidades territoriales dentro del marco constitucional o mediante su reforma democrática.
Política exterior solidaria: Compromiso con los derechos humanos, el derecho internacional y la cooperación frente a las lógicas militaristas y los bloques imperialistas.
Este programa común no necesita borrar las especificidades de cada fuerza política, pero sí exige disciplina en lo esencial: cuando las instituciones estén en juego, cuando los derechos fundamentales sean atacados, cuando las políticas neoliberales amenacen el bienestar colectivo, la respuesta debe ser unitaria.
El crecimiento de la extrema derecha en España no es un fenómeno aislado, sino parte de una ola reaccionaria que recorre Europa y América. Su discurso, basado en la xenofobia, el machismo, la negación de derechos y el autoritarismo, representa una amenaza real para la democracia.
El fascismo del siglo XXI se presenta con traje y corbata, pero su esencia permanece intacta: la construcción de enemigos internos, el desprecio a los valores democráticos, la glorificación de un pasado mítico y autoritario, la persecución de minorías. No podemos subestimar su capacidad de contagio institucional ni su vocación de desmantelar todo aquello que nos hace iguales en dignidad y derechos.
Frente a esta involución, la movilización del electorado progresista es urgente. Pero movilizar no es solo llamar al voto cada cuatro años. Requiere:
Pedagogía política constante: Explicar con claridad qué está en juego, desmontar bulos y falacias, conectar las políticas concretas con la vida cotidiana de la gente. Hacer visible cómo las decisiones políticas afectan al bolsillo, al acceso a servicios, a las oportunidades vitales.
Presencia territorial: Recuperar la presencia en barrios, pueblos y centros de trabajo. La política no puede reducirse a debates televisivos y guerras de tuits. Se hace cuerpo a cuerpo, escuchando, dialogando, organizando.
Conexión con movimientos sociales: Sindicatos, organizaciones ecologistas, feministas, vecinales, juveniles, culturales... El cambio político no se construye solo desde las instituciones. La izquierda debe ser permeable a las luchas que emergen desde la sociedad civil.
Cultura de la esperanza: Frente al discurso reaccionario del miedo, construir narrativas de futuro. Demostrar que otro modelo es posible, que la transformación está a nuestro alcance, que juntos somos más fuertes.
Generosidad política: Abandonar la lógica del adversario interno. Reconocer que quien comparte el 80% de tu programa no es tu enemigo principal. Reservar la confrontación para quienes realmente representan proyectos opuestos.
La unidad de las izquierdas en España no es un lujo ni una opción táctica coyuntural. Es una necesidad histórica ante un momento de definición democrática. La correlación de fuerzas actual exige superar inercias, renunciar a maximalismos estériles y priorizar lo colectivo sobre lo particular.
No se trata de fusionar partidos ni de crear estructuras artificiales condenadas al fracaso. Se trata de establecer pactos claros de no agresión, de coordinación electoral donde sea necesario, de acuerdos programáticos en lo fundamental, de lealtad cuando se gobierna conjuntamente. Y sobretodo, que la confección de las candidaturas tienen que ser procesos 100% transparentes. Cuestión que hasta la fecha y sin excepción forma parte del Debe en el balance de todas las organizaciones políticas progresistas de izquierdas.
El electorado progresista español es mayoritario, pero está desmovilizado, fragmentado, desencantado. Recuperar su confianza implica demostrar que la política puede cambiar vidas reales, que las instituciones sirven para proteger a la mayoría frente a los privilegios de unos pocos, que la democracia es algo más que gestión tecnocrática.
La extrema derecha crece alimentándose del vacío que deja una izquierda ensimismada en sus disputas internas. Cada día que perdemos divididos es un día que ganan ellos para consolidar su proyecto involucionista. La historia nos juzgará no por nuestras diferencias de matiz, sino por nuestra capacidad de unirnos cuando todo lo importante estaba en juego.
El momento es ahora. La unidad, una responsabilidad ineludible. El futuro, por construir.

Foto: Steve Bannon y Jeffrey Epstein.
Llevamos años escuchando la misma cantinela: "el algoritmo favorece los contenidos de extrema derecha", "las redes sociales amplifican la polarización", "la tecnología está rota". Como si las plataformas digitales fueran criaturas autónomas con voluntad propia, como si los feeds de Facebook o los trending topics de X se generaran por algún tipo de magia oscura e incontrolable.
Es una narrativa cómoda. Despersonaliza la responsabilidad, tecnifica el debate, nos hace creer que enfrentamos un problema de ingeniería cuando en realidad estamos ante una cuestión mucho más antigua y prosaica: el poder del dinero para fabricar consenso.
Cuando hablamos del "sesgo algorítmico" que supuestamente beneficia a la ultraderecha, estamos invirtiendo causa y efecto. No es que el algoritmo tenga preferencias ideológicas programadas en su código. Lo que ocurre es mucho más simple y, a la vez, más preocupante: los algoritmos amplifican lo que funciona, y lo que funciona es aquello en lo que se invierte.
La extrema derecha global no domina el debate digital porque haya descubierto algún truco mágico en el funcionamiento de Twitter o YouTube. Lo domina porque ha construido una infraestructura de comunicación masiva, profesional y extraordinariamente bien financiada. Mientras la izquierda y el centro político debaten sobre la pureza ideológica de sus mensajes o se fragmentan en mil pequeñas causas identitarias, la derecha radical ha entendido algo fundamental: la batalla por el relato requiere inversión constante, coordinación estratégica y, sobre todo, repetición.
Pensemos en la arquitectura real de esta operación. Hay think tanks produciendo contenido sin parar, creando el marco intelectual que luego se simplifica en titulares. Hay fundaciones que financian "periodismo independiente" que casualmente coincide con determinadas líneas editoriales. Hay ejércitos de cuentas —algunas automatizadas, muchas no— que replican, comentan, comparten.
Y hay medios digitales que operan con pérdidas durante años porque detrás hay mecenas dispuestos a asumir el coste como inversión política a largo plazo. El caso de Madrid es paradigmático. La trama destapada en torno a la Comunidad de Madrid y su financiación a medios afines mediante contratos publicitarios millonarios no es una anécdota: es el manual de instrucciones. Medios como OKDiario o Periodista Digital han recibido cantidades desproporcionadas de dinero público —el de todos— para sostener líneas editoriales que casualmente amplifican el discurso del gobierno regional. Miguel Ángel Rodríguez, el gurú comunicativo de Isabel Díaz Ayuso, no ha inventado nada nuevo: simplemente ha aplicado con eficacia la vieja receta de comprar altavoces con fondos públicos y llamarlo "inversión en publicidad institucional".
No hablamos de pequeñas ayudas. Hablamos de contratos que multiplican por diez o por veinte la audiencia real de estos medios, que convierten portales digitales de dudosa credibilidad periodística en actores centrales del debate público. Y lo más importante: lo hacen con absoluta impunidad, porque la línea entre publicidad legítima y compra de línea editorial es tan difusa que resulta casi imposible de perseguir judicialmente.
Hay, en definitiva, una estrategia industrial de producción de contenido y generación de debate. No es espontáneo. No es viral en el sentido romántico de "la gente comparte lo que le emociona". Es ingeniería social aplicada con recursos prácticamente ilimitados.
Y aquí está la clave: cuando inviertes suficiente dinero en producir contenido, en pagar profesionales que sepan envolverlo en narrativas atractivas, en saturar todos los canales posibles de distribución, el algoritmo no tiene más remedio que darte visibilidad. Porque el algoritmo no es juez moral ni árbitro político. Es una calculadora que mide engagement, clics, tiempo de permanencia. Y esas métricas se pueden comprar.
La metáfora del aceite que lo inunda todo es especialmente acertada. No se trata de ganar un debate frontal con argumentos superiores. Se trata de estar en todas partes al mismo tiempo, de manera que ningún tema pueda discutirse sin que su marco interpretativo esté presente. De que cada noticia, cada controversia, cada acontecimiento político se procese automáticamente a través de sus categorías mentales.
No necesitas convencer a todo el mundo. Solo necesitas normalizar ciertas ideas, hacer que ciertos debates sean inevitables, instalar determinadas asociaciones mentales. Y para eso, la saturación funciona mejor que la persuasión. Es la vieja técnica publicitaria aplicada a la política: si ves el mismo mensaje suficientes veces, desde suficientes ángulos diferentes, acabas integrándolo como parte del paisaje natural de las ideas.
Los medios privados, muchos de ellos en crisis económica permanente, son especialmente vulnerables a esta estrategia. Cuando tu modelo de negocio se tambalea, cuando los ingresos publicitarios se han evaporado y la competencia por la atención es feroz, resulta tentador subirse a la ola de lo que "genera conversación". Y lo que genera conversación es, cada vez más, aquello que irrita, polariza, escandaliza. Aquello que, no por casualidad, la ultraderecha financia generosamente.
Mientras tanto, el resto del espectro político sigue comportándose como si estuviéramos en 1985, como si bastara con tener razón, como si la fuerza de los argumentos pudiera competir, en igualdad de condiciones, con la artillería pesada de la manipulación financiada. Hay una ingenuidad casi conmovedora en creer que la corrección factual es un escudo suficiente contra la narrativa bien producida y masivamente distribuida.
No lo es. Nunca lo ha sido en la historia de la propaganda, y no lo es ahora que la propaganda se ha vuelto fractal, omnipresente, algorítmicamente optimizada.
El debate sobre "cómo arreglar las redes sociales" es, en gran medida, una distracción. No hay nada que arreglar en el código. El problema no es técnico. Es político y, sobre todo, económico. Hasta que no estemos dispuestos a hablar claramente sobre quién financia qué, sobre cómo se construyen los consensos artificiales, sobre el papel del dinero en la fabricación de la realidad percibida, seguiremos culpando a algoritmos inocentes de crímenes cometidos por estrategas muy conscientes de lo que hacen.
menéame