
La detención secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores a manos de la administración Trump no es solo un evento telúrico en la política latinoamericana; es el acta de defunción —o al menos el aviso de desahucio— del orden internacional que conocimos tras 1945. Para la izquierda española, este suceso debería ser un baño de realidad helada. Mientras algunos sectores se refugian en un pacifismo de pancarta y manual, la realidad es que el tablero global ha cambiado sus reglas y la democracia liberal, ese marco que nos permitía avanzar en derechos, se está desmoronando por pura inacción y falta de pragmatismo.
Desde ciertos sectores del progresismo en España, persiste una nostalgia por el "no a la guerra" y una equidistancia que, en el contexto actual, roza la negligencia. El pacifismo es un valor ético irrenunciable, pero cuando se convierte en una parálisis estratégica ante regímenes autocráticos o ante el avance de un imperialismo unilateral renovado, deja de ser una virtud para convertirse en una debilidad.
No podemos seguir analizando el mundo con las gafas de los años 70. La democracia no se defiende sola, ni se defiende únicamente con declaraciones institucionales. Si la izquierda quiere ser una fuerza de gobierno y de futuro, debe entender que la seguridad, la soberanía y la fuerza institucional son herramientas necesarias para proteger los avances sociales. Un progresismo que no propone una alternativa de orden democrático frente al caos es un progresismo condenado a la irrelevancia.
La captura de un mandatario extranjero por parte de Estados Unidos rompe el principio de soberanía nacional y nos devuelve a la era del "Gran Garrote". Esto nos sitúa en un escenario donde la ley del más fuerte sustituye al derecho internacional.
¿Qué está haciendo la izquierda europea mientras esto ocurre? Discutir sobre semántica mientras el eje del poder se desplaza hacia modelos autoritarios o personalismos mesiánicos. El pragmatismo dicta que, si no queremos que Trump o cualquier otro líder unilateral dicte el destino de las naciones, Europa —y España dentro de ella— debe construir una autonomía estratégica real. Esto implica:
La democracia liberal está en peligro porque ha dejado de cumplir su promesa de prosperidad y porque se ha mostrado incapaz de defenderse de quienes usan sus mecanismos para destruirla desde dentro (populismos de extrema derecha) o desde fuera (autocracias extractivas).
Para ponerle remedio, el progresismo español debe abandonar el ensimismamiento partidista. Ni el PSOE puede seguir gestionando la inercia, ni las fuerzas a su izquierda pueden vivir en la protesta perpetua. Necesitamos un progresismo de Estado: aquel que entiende que la justicia social sólo es posible en un marco de estabilidad democrática y que esa estabilidad, a veces, requiere decisiones difíciles, pragmáticas y alejadas del idealismo de manual.
La caída de Maduro bajo el brazo de Trump no es una victoria de la libertad; es el fracaso de la política y el triunfo de la fuerza. Al fin y al cabo (a fecha de hoy) ha sido un mero "canje de cromos" donde destacados/as dirigentes del orden chavista permanecen en la autocracia, siempre y cuando acepten el chantaje impuesto del imperialismo de Trump.
Si no queremos que este sea el prólogo de nuestro propio fin, la izquierda debe despertar, dejar de temer al concepto de "poder" y empezar a ejercerlo para proteger lo que tanto costó construir.
Nota editorial: La democracia no es un estado natural de la sociedad, es una construcción frágil que requiere que sus defensores sean, al menos, tan decididos como sus enemigos.
Trump mira de reojo, o no tan de reojo a Groenlandia. La Unión Europea mira de reojo, o no tan de reojo a Groenlandia. Uno dice cosas, los del otro lado del charco; mientras aquí, no saben ni qué decir. “Oye, que dice que quiere comprar la torre Eiffel y llevársela por piezas a Paris, Texas” (buena película).
Lo de la ley de la selva parece que ha calado mucho y el pez grande se va a comer a todos los peces que encuentre, pequeños o medianos. ¿No es esa la misión y el objetivo de los peces grandes? Pues eso.
He leído por ahí, en otras prensas, que “Trump huele nuestra debilidad”. Me he tenido que reír. A Trump le importa un pimiento la debilidad de nadie, se siente el gorila más fuerte del zoo, puede tenerle respeto al panda asiático, puede ser. Puede tenerle respeto al oso del frío, puede ser. Lo malo de Europa, de la Unión Europea es que no tenemos animal simbólico. Los estadounidenses con sus águilas calvas ya van sobrados. Aquí poner de acuerdo a los casi 30 países sobre qué animal nos representaría llevaría años, discursos apasionados, cabreos, “yanoteajunto”, votemos otra vez, y mil cosas para al final elegir como animal europeo la Quimera, sí, el del cuerpo de cabra, cola de serpiente o de dragón y cabeza de león, o poned la mezcla de animal que le venga bien a Belerofonte y a Pegaso para cargárselo.
Los líderes europeos, si ese concepto existiera, nos harían un favor si elaboraran un único discurso. Venga, todos a votar por Quimera como animal representativo europeo, aunque mejor la versión de cuatro cabezas, una de león, otra de macho cabrío, otra de dragón, y una de serpiente. Seguro que Macron le cambiaba algún detalle y le añadía aliento de dragón o algo así.
Igual Trump al final nos está haciendo un favor.
Mientras, los rusos deben estar riéndose viendo cómo sus bases ocultas o semi ocultas llevan años allí... en Kullorsuaq, o a 200 kms. de Etah, en mitad de ninguna parte, o al lado de Estación Nord, o en medio del Avannaarsuani Tunumilu Nuna Allanngutsaaliugaq...
En fin.
"Lo que me gusta del socialismo científico es el análisis, no las soluciones".
menéame