Las bibliotecas presidenciales han tenido potencial para la corrupción desde hace tiempo, permitiendo a expresidentes solicitar grandes donaciones sin ninguna transparencia. Donald Trump ha llevado este hueco legal a un nuevo límite. A comienzos de este segundo mandato había conseguido sacar grandes sumas con acuerdos extrajudiciales espurios —y nadie tiene claro a dónde ha ido ese dinero tras la disolución de las dos sociedades que debían gestionarlo.