Hay pocas cosas más frustrantes que encontrar una herramienta que encaja casi exactamente con lo que necesitamos y descubrir, justo cuando empezamos a sacarle partido, que no podemos seguir usándola al mismo ritmo. Claude se ha ganado un lugar destacado entre quienes usan la inteligencia artificial para programar, analizar documentos o trabajar con tareas exigentes, pero también ha arrastrado una queja muy concreta: sus límites de uso. No hablamos de una molestia menor, sino de una fricción capaz de romper el flujo de trabajo.