Vivimos una época en que el resentimiento se ha convertido en fuerza política. No es un fenómeno nuevo en la historia, pero sí adquiere características propias de nuestro tiempo. En Estados Unidos, y cada vez más en otras partes del mundo, asistimos a una alianza improbable pero devastadora: la unión de los nerds tecnológicos con los nerfs antiintelectuales. Ambos grupos comparten algo que los define: el resentimiento acumulado hacia una sociedad que los despreció, marginó o simplemente no los reconoció.
Los nerds son personas de alta capacidad intelectual, frecuentemente en campos técnicos o científicos, que durante años fueron objeto de burla, exclusión y desprecio. En el colegio eran los raros, los que no practicaban deportes, los que no encajaban en los círculos sociales dominantes. La sociedad les hizo sentir que su inteligencia era un defecto, no una virtud. Pero esos nerds crecieron y construyeron imperios tecnológicos que hoy dominan nuestra economía y, cada vez más, nuestra política. Pensemos en los creadores de las grandes tecnológicas, en esos magnates que pasaron de ser marginados a controlar los flujos de información, dinero y poder. Su venganza ha sido ocupar las posiciones que antes les rechazaron.
Pero los nerds no están solos. Para gobernar necesitan aliados, y esos aliados son los nerfs: personas que, por razones diferentes, también sienten un profundo resentimiento. Los nerfs son aquellos a quienes se llamó tontos, simples, ignorantes. Quizás no tenían habilidades académicas destacadas, quizás no encajaron en el sistema educativo, quizás simplemente preferían otras formas de vida. La sociedad también los despreció, los consideró inferiores, los miró con condescendencia. Y ahora, junto a los nerds, quieren devolver ese desprecio.
La pinza que forman estos dos grupos es peligrosa. Los nerds aportan el poder económico y tecnológico; los nerfs aportan la masa social necesaria para ganar elecciones. Los nerds diseñan los algoritmos que manipulan la información; los nerfs son los consumidores ávidos de mensajes simples que confirman sus frustraciones. Los nerds desprecian a las élites intelectuales tradicionales (universidades, medios, cultura); los nerfs desprecian a quienes se creían superiores a ellos. La venganza se convierte en programa político.
Lo más preocupante es que esta alianza no busca mejorar la sociedad, sino castigar. No hay un proyecto constructivo, hay un ajuste de cuentas. Los resentidos, cuando llegan al poder, suelen ser destructivos porque su objetivo no es construir, sino satisfacer el dolor que sufrieron. Y ahí reside el verdadero peligro: cuando la venganza se institucionaliza, cuando el resentimiento se convierte en política de Estado, las consecuencias pueden ser catastróficas.
¿Cómo llegamos a esto? La respuesta es compleja, pero hay un factor que no podemos ignorar: la falta de guía adecuada desde edades tempranas. Muchos de estos nerds y nerfs podrían haber canalizado su frustración de manera diferente si alguien les hubiera enseñado a manejar el rechazo, a procesar la injusticia sin transformarla en odio. La educación emocional, el acompañamiento en el desarrollo de la personalidad, la formación en valores de ciudadanía y empatía, todo esto es fundamental y está ausente en demasiados casos.
En las escuelas, demasiadas veces se celebra la excelencia académica sin atender a los niños que no brillan en ese ámbito. Se forma a los futuros líderes sin formar a los futuros ciudadanos. Se premia la competitividad sin desarrollar la capacidad de colaboración. Se construye un sistema que produce ganadores y perdedores, y luego nos sorprendemos de que los perdedores quieran destruir el sistema que los creó.
La solución no está en rechazar a estos grupos, sino en transformar las condiciones que los generan. Necesitamos una educación que no marginalice a nadie, que reconozca múltiples formas de inteligencia y de valor. Necesitamos espacios donde los niños aprendan a gestionar sus frustraciones, a dialogar con quienes piensan diferente, a construir en lugar de destruir. Necesitamos comunidades donde nadie se sienta invisible o desechable.
Frente a los nerds y los nerfs, debemos resistir sus excesos, pero también entender las heridas que los crearon. La resistencia no consiste en combatirlos, sino en construir una sociedad donde nadie se sienta acorralado. La intervención debe comenzar en la primera infancia, antes de que los estereotipos se arraiguen, antes de que el rencor se instale, antes de que los jóvenes crean que solo quedan dos caminos: dominar o ser destruido.
Al final, debemos recordar que estos resentidos fueron alguna vez niños. Niños que sufrieron, que se sintieron solos, que fueron humillados o ignorados. La sociedad les debe una infancia diferente, no la venganza que ahora persiguen. Si queremos evitar que estas dinámicas se repitan, debemos invertir en una educación que no abandone a nadie, que no catalogue a nadie como descartable. Porque la única forma verdadera de prevenir la venganza es construir una sociedad donde nadie quiera vengarse.
Los resentidos terminarán por obtener lo que quieren, pero ¿a qué costo? Su victoria puede ser una victoria de Pirro: destruyen el sistema que odian, pero destruyen también mucho de lo que necesitamos para vivir juntos. El camino adelante no es enfrentarlos, sino crear una sociedad donde nerds y nerfs se sientan valorados y reconocidos desde el principio. Solo así evitaremos que el resentimiento siga siendo el combustible de nuestra política.
La pregunta que debemos hacernos es simple: ¿queremos una sociedad donde la venganza sea el motor del progreso? ¿O preferimos una donde la empatía y la comprensión guíe nuestro camino? La respuesta no es automática ni fácil. Requiere un compromiso colectivo, una voluntad de cambiar las estructuras que generan exclusión, una disposición a mirar a los márgenes con respeto en lugar de condescendencia.
En las familias, en las escuelas, en las comunidades, en los medios, en todas partes donde se forman las personas, hay que plantar semillas de inclusión. Semillas que digan a cada niño que su forma de ser tiene valor, que no tiene que ser como los demás para ser importante, que su frustración es válida pero no tiene por qué convertirse en odio. Esta es la verdadera prevención: no castigar a los resentidos cuando ya son adultos, sino crear las condiciones para que no lleguen a serlo.
El peligro de los resentidos es real y presente. Pero más peligroso aún es ignorar las causas que los generan. Si queremos resistir esta pinza sin destruirnos en el proceso, debemos comenzar mucho antes de que el resentimiento se forme. La infancia es el terreno donde se decide si un marginado se convierte en vengador o en ciudadano constructivo. Esa es la batalla que debemos dar, y esa es la batalla que podemos ganar si queremos.