Guerra de las Malvinas

Introducción

La madrugada del 2 de abril de 1982, tropas argentinas bajo el mando del general Carlos Büsser, tomaron con facilidad Stanley, capital de las Malvinas. El día tres tomaban la isla de Georgia del Sur. El gobernador Rex Hunt y la pequeña guarnición cayeron presos. La Operación Rosario había sido un éxito. Las tensiones por las islas Malvinas estallaron y, desde ese momento, ya no hubo vuelta atrás. Se iniciaban así dos meses y medio de conflicto que segaron la vida de más de mil jóvenes, entre británicos y argentinos. Dos países occidentales, dos miembros del mismo bloque, dos gobiernos liberales. ¿Cómo se llegó a esta situación?

Antecedentes

Cuando comenzó la guerra la mayoría de los británicos no sabía ubicar las islas en un mapa. Por contra, para los argentinos las Malvinas eran una convicción: la causa más grande del nacionalismo argentino. El reclamo sobre estas islas (casi las podrían llamar “Mal Venidas”) se ha ido enseñando en las escuelas con el paso de los años, y se fortaleció durante la dictadura cívico-militar. La discusión sobre el dominio de estas islas había suscitado muchos pleitos entre los reinos de Francia, España e Inglaterra. Esta última, en mitad de las guerras napoleónicas, aprovechó para obligar a los últimos soldados españoles a retirarse en 1811. Una jovencísima República Argentina reclamó en seguida la propiedad de las islas. Sin embargo, en 1833, los británicos tomaron posesión militar y las rebautizaron como Falklands. En 1946, tras su llegada al poder, Juan Domingo Perón resucitó la polémica en nombre del anticolonialismo y del panamericanismo. Naciones Unidas obligó a Inglaterra a entrar en negociaciones. 

Interés estratégico

Sin embargo, ¿cuál es la verdadera importancia de estas islas? A 550 km al este de la Patagonia argentina, con 11.800 km2. Para 1982 apenas 1830 personas vivían allí, 1550 en Puerto Stanley. 400 de estos habitantes eran británicos, 30 argentinos y el resto gozaban de un estatuto de asociación a la Corona. La industria principal era la cría de ovejas, unas 650.000, bajo gestión de la Falkland Island Company, uno de cuyos directores, por cierto, era el esposo de Margaret Thatcher. Todo queda en casa. Uno podría preguntarse si la lana y la carne de oveja es una industria tan estratégica que justifique la guerra. 

Antes de la construcción del canal de Panamá, tenía un interés estratégico. Lord Anson, en 1740 escribió: “El control de las Falklands podría ser útil en tiempo de paz, pero en tiempo de guerra nos daría el control de los océanos”. De hecho, más de siglo y medio más tarde, en 1914, la base naval ubicada allí demostró cierto valor: la Royal Navy hundió cuatro navíos de guerra alemanes operando desde allí. Cabe decir que hoy en día puede alojar una plataforma logística tanto submarina como aeronaval idónea para interceptar las ondas hertzianas (1) y electromagnéticas sobre América del Sur. Además, tienen petróleo que se explota desde 2010. 

(1) Conocidas también como ondas radioeléctricas, viajan a la velocidad de la luz y pueden propagarse por el espacio libre o a través de medios como cables o fibras ópticas. Se utilizan para diversas aplicaciones como la radio, la televisión, la telefonía móvil, las redes inalámbricas, y la navegación satelital. Pueden ser reflejadas, refractadas y difractadas, dependiendo de las características del medio en el que se propagan.

La Junta Militar

En 1974 la asamblea de Naciones Unidas, ese ente famoso por su utilidad, había pedido una solución pacífica. Se propusieron diferentes opciones, como, por ejemplo, un condominio anglo-argentino, o un estatuto como el de Hong Kong, etc. Evidentemente, estas propuestas no salieron adelante. Pero la situación empezó a deteriorarse en cuanto en 1976 la Junta Militar tomó el poder en Buenos Aires, derrocando mediante un golpe de estado a Isabel Perón. De hecho, en 1980 el parlamento británico, por presión de la población de las islas, rechazó una cesión diferida del archipiélago. Esto coincidió con la llegada al poder de Margaret Thatcher. 

La Junta estaba compuesta por representantes de las tres fuerzas armadas: Ejército, Marina y Fuerza Aérea. A nivel económico se produjeron profundos cambios en la economía argentina que terminaron por crear un nuevo modelo económico basado en la acumulación rentística y financiera, la apertura externa sin restricciones comerciales ni de capitales y el restablecimiento del mercado como herramienta hegemónica de asignación de recursos. Todo esto acompañado de la reducción de la participación estatal y la apertura a productos extranjeros que entraron a competir con los locales, aunque esto supusiera el sacrificio de la industrial local. En la primera etapa, del 76 al 78, se aplicó un plan de ajuste ortodoxo con devaluación, liberación de precio, congelamiento de salarios, facilidades en las importaciones y cese de la promoción en las exportaciones. Esto se acompañó de una reforma financiera en 1977 que puso a las finanzas en posición hegemónica a la hora de absorber los recursos. Básicamente un modelo neoliberal que provocó una grave crisis económica, con una altísima inflación y un endeudamiento externo brutal. Lo normal del neoliberalismo. 

La segunda etapa, iniciada en 1978, comenzó con la aplicación de la “tablita cambiaria”, que consistía en hacer devaluaciones inferiores a la inflación. Agravaron el cierre de las industrias nacionales, incapaces de competir con los productos importados, e impulsaron la salida de divisas, causando déficits comerciales y de servicios. Esto se cubrió con ingresos de capitales y creando una enorme deuda externa que, en 1981, produjo una primera crisis de graves consecuencias. Algunas de estas nefastas medidas aún se arrastraban en los años 90.

La junta se caracterizó por ser un gobierno represivo, mediante el llamado “Proceso de Reorganización Nacional”, caracterizado por una represión brutal que hizo desaparecer a alrededor de 30 mil personas a través de centros clandestinos de detención (el más famoso de ellos fue la ESMA, Escuela de Mecánica de la Armada), y robando más de 400 bebés. La brutal represión impidió cualquier tipo de resistencia social a las transformaciones económicas. Las élites agropecuarias, los grandes grupos económicos y financieros locales y los intermediarios comerciales y financieros fueron los grandes beneficiados. Quedó claro que las Fuerzas Armadas habían asumido el poder político como representantes de estos grupos económicos.

Camino a la guerra

En junio de 1980, un año después de llegar al poder, la administración Thatcher tomó dos medidas respecto al archipiélago: la primera fue desmantelar la base científica en Georgia del Sur. La segunda, más importante para el caso, fue la reducción del presupuesto militar que conllevó la retirada del único buque permanente en el Atlántico sur. Seguramente, desde Buenos Aires, esto se interpretó como una prueba del desinterés briutánico por las islas. A esto se sumó el acercamiento de Ronald Reagan que, en 1981, estableció estrechas relaciones diplomáticas y militares con Buenos Aires. 

En diciembre de aquél año, el general Leopoldo Galtieri, comandante del ejército argentino, encabezó una nueva junta en compañía del general Lami Dozo, jefe de la aviación, y del almirante Jorge Anaya, comandante de la marina y principal defensor de reconquistar las Malvinas. Galtieri mostró su mejor carta: la unión nacional argentina sobre una meta simbólica: la reconquista de las islas. 

El 29 de diciembre, la junta ya había planeado la invasión, pero se reservó una posible salida política en caso de que las negociaciones fueran positivas. Surgieron dos planes distintos: la Operación Alfa, para Georgia del Sur, que implicaba a un empresario argentino con contactos en Londres (Constantin Davidoff). Él compraría una vieja fábrica ballenera en Puerto Keith, allí mandaría a cuarenta obreros. Entre ellos se infiltraría comandos. La marina argentina le ofreció a Davidoff apoyo material y fiscal con la condición de que esperase al día y ora indicada por el estado mayor. Por otro lado, la operación Azul apuntaba a las Malvinas: desembarcar sorpresivamente en Puerto Stanley y establecer un puente aéreo y marítimo para enviar tropas suficientes como para disuadir a Londres de cualquier reacción militar.

En febrero de 1982 se fijó como fecha de lanzamiento de las operaciones el día 9 de julio, día de la independencia. La base británica de Grytviken ya estaría evacuada y el HMS Endurance se habría retirado. Galtieri había negociado la neutralidad de Uruguay. Pero la sesión de negociaciones diplomáticas con Londres del 1 de marzo de 1982, en Nueva York, dio resultados alentadores. Esto alarmó a los militares, así que al día siguiente la Secretaría de Relaciones declaró que si no se encontraba pronto solución diplomática, Argentina se reservaba el derecho de dar fin al proceso y escoger libremente los medios más adecuados. Es decir, que si hubo alguna posible opción de acercamiento diplomático, aquél día prácticamente dinamitaron los puentes existentes. No sólo eso, sino que el estado mayor general adelantó el día D al 15 de mayo, antes de la siguiente sesión de negociaciones. Sin embargo, todo se adelantó aún más cuando Anaya decidió lanzar la Operación Alfa sin avisar a sus colegas de la junta. Fijaos en este detalle, pues la descoordinación del mando argentino va a ser una constante con mucho peso en el resultado. 

Sorpresa chafada

A finales de diciembre de 1981 Anaya había puesto a disposición de Davidoff el buque polar Almirante Irízar para ir a Puerto Leith. En marzo, recibió luz verde y el día 19 sus cuarenta obreros se instalaron en el puerto. La vigilancia de Grytviken, situada a 20 km, llegó al poco a Puerto Leith y vio ondear la bandera argentina. Avisaron inmediatamente a Londres, que inmediatamente avisaron a Buenos Aires de la seriedad de éste asunto. El Endurance recibió la orden de ir a Georgia con quince marines. El 23 de marzo el buque polar Bahía Paraíso llegaba a Georgia, pero no para recoger a los “obreros”, sino para desembarcar unos cien comandos más. En ese momento, el buque británico más cercano estaba en Gibraltar, a más de 12.000 km. Dieciséis navíos con cinco mil hombres salieron de Puerto Belgrano: la junta había adelantado la invasión al día 1 de abril. 

Londres, en realidad, ya sospechaba algo. El 24 de marzo, el coronel Stephen Love (gran nombre para un militar…); de la embajada británica en Buenos Aires, informaba secretamente a Londres que estimaba probable una acción militar argentina. El 27, fuentes americanas e inglesas ya hablaban de actividad inusual de la marina argentina. Para el 29 Londres ya había decidido mandar con urgencia tres submarinos nucleares. El 31 de marzo la CIA ratificó el plan de invasión y Willian Casey, el director de la Central, muy anglófilo, por cierto, decidió informar a Londres. Probablemente, Chile corroboró ese mensaje. Ese día, el gobierno británico estaba ya convencido del inminente ataque. 

Gabinete de crisis

El mismo 31 de marzo, Thatcher reunió al gabinete. Los delegados del Foreign Office se manifestaron en contra de una respuesta militar porque podría ser contraproducente en todos aquellos países que habían sido “seducidos” por el discurso “socialista y anticolonialista”. Porque el anticolonialismo es una idea a la que llegas por seducción, no por deducción. Londres, además, no podía contar con sus aliados tradicionales y tres de sus socios europeos estaban demasiado ligados a Argentina: España cultural y socialmente, Francia y Alemania por sus contratos armamentísticos. 

El secretario de Defensa, John Nott, presentó todas las razones que hacían aleatoria, imposible, una expedición militar a 15.000 kms cuando se acercaba el invierno austral. Habló de miseria presupuestaria y material de las fuerzas armadas en contraposición con lo que sería una costosa operación. Justo cuando, además, habían retirado el único patrullero de la zona. Además, el presupuesto estaba cargado con dos programas mayores: cambiar los misiles nucleares Polaris por los nuevos Trident y renovar el material convencional de las fuerzas británicas desplegadas en Alemania. Pero la razón fundamental es que temían, y era algo realmente posible que sucediera, un fracaso desastroso.

Para empezar, la RAF no tenía ninguna base a su alcance, la marina Argentina era bastante buena y contaba con los temibles misiles Exocet, además combatían cerca de sus bases y las islas estaban al alcance de su aviación. Las fuerzas terrestres y aéreas británicas estaban masivamente implicadas en Europa Central, en el marco de la OTAN. La cosa no era tan simple como, muchas veces, creemos. 

Margaret Thatcher (Margarita Techador), apoyada por Anthony Acland, representante de los servicios de información y seguridad, pensaba de otra forma: había que reivindicar el orgullo nacional. Gran Bretaña tenía por fuerza que reaccionar cuando alguno de sus territorios era agredido, y esto serviría de aviso también a los soviéticos. No es que se negase a negociar, sino que quería hacerlo desde una posición de fuerza, por ello debía mandar un cuerpo expedicionario. Eso y que su popularidad estaba tirando a mal, razón por la cual, ceder sin dar respuesta hubiera sido pegarse un tiro en el pie. La guerra le vino como anillo al dedo, no tan así a todos los hombres que murieron allí, claro está. 

El jefe del estado mayor general estaba en Nueva Zelanda, así que en su lugar acudió el almirante Henry Leach, jefe del estado mayor de la marina. Llegó en el momento oportuno, venía de una inspección en Portsmouth. Había movilizado ya a las fuerzas vivas del almirantazgo. Él consideraba que la oportunidad era ideal para demostrar al poder político la utilidad de la RAF, que estaba amenazada por los recortes. A Leach, también le vino como anillo al dedo. Entre 1972 y 1982, la marina había pedido veintiséis buques (tres cruceros y cinco portaaviones). Pero todavía les quedaba uno en servicio, el Hermes. Leach, veterano de la Segunda Guerra Mundial, arguyó que podía reunir una fuerza naval compuesta de destructores, fragatas y navíos de desembarco y apoyo logístico encabezada por el Hermes y el Invencible. Junto a esta, una brigada de marines. Zarparía en 48 horas. Estaba convencido de que era suficiente para retomar las islas. Spoiler, lo fue. 

Leach, con su profesionalismo y audacia, convenció a Thatcher que veía en la apuesta un burbuja de oxígeno en su popularidad. Una victoria relanzaría su carrera política, ya que el contexto socioeconómico le era absolutamente desfavorable, pues sus reformas ultraliberales, para sorpresa de nadie, no daban frutos y habían radicalizado a laboralistas y sindicatos. Veía dificil ganar las legislativas de 1983. Así que nada, le digo a Leach: tírale. El 31 de marzo de 1982, 36 horas después del primer disparo en las Malvinas, Gran Bretaña lanzaba su respuesta militar. La junta no había analizado bien la situación política británica. 

Fuerzas en liza

Las fuerzas armadas Argentinas, con 230.000 hombres, eran el segundo ejército de América Latina. Su material era, en general, anticuado, pero sus hombres estaban motivados y bastante bien entrenados. Eran famosos en la lucha antiguerrillera. El ejército y la infantería marina sumaban 136.000 hombres, casi todos instalados frente a Chile y Brasil. La aviación disponía de 165 aviones de combate (de distintos modelos), pero el estado mayor no era capaz de coordinar más de seis aviones a la vez. La marina disponía de veinte navíos de combate. A las Malvinas enviaron 12.000 hombres, la mayoría de ellos, conscriptos poco entrenados de la tercera y décima brigadas de infantería. 

Gran Bretaña contaba con 350.000 soldados profesionales. El cuerpo expedicionario contaba con 28.000 hombres, 110 navíos, de los cuales 33 eran de combate y 60 de apoyo de la Royal Fleet Auxiliary. Llevaban 38 aviones de combate Sea Harrier y Harrier, así como un centenar de aviones y helicópteros de apoyo. Además de los famosos SAS (Special Air Service), SBS (Special Boat Squadron), y los Gurkhas, punta de lanza de las fuerzas terrestres (9500 soldados de la tercera brigada de comandos y la quinta de infantería). 

En realidad, vemos un relativo equilibrio de fuerzas, pese a la ventaja naval británica. Hay que tener en cuenta la proximidad de Argentina al teatro de operaciones. 

Operación Rosario

La madrugada del 2 de abril de 1982, tropas argentinas bajo el mando del general Carlos Büsser, tomaron con facilidad Stanley, capital (única ciudad, o pueblo) de las Malvinas. Al día siguiente, Georgia del Sur. La Operación Rosario había sido un éxito. El gobernador Rex Hunt y la pequeña guarnición cayeron presos y fueron repatriados de inmediato a Inglaterra. En Buenos Aires, bueno, estaban eufóricos. Galtieri habló al pueblo desde la Casa Rosada. Si una semana antes las manifestaciones de hostilidad contra la junta llenaban la capital, ahora era todo pura celebración. Como si el hecho de haber tomado el archipiélago hubiera cambiado todo lo demás. Ya se sabe, una conquista y de repente ya llegas a fin de mes. El general Mario Menéndez, nombrado gobernador del archipiélago, declaró que la vida cotidiana de los insulares no cambiaría a excepción de los coches, que tendrían que circular por la derecha. 

El gobierno británico, por su parte, lanzó la Operación Corporate, bajo el mando del almirante John “Sandy” Woodward para la parte marina, y del general Jeremy Moore, para la terrestre. La ONU se puso las pilas en ese momento y… bueno, condenó la agresión y reconoció el derecho británico a la legítima defensa. Muy de la ONU. Los diplomáticos, por su parte, buscaban una salida negociada: el secretario de Estado norteamericano, Alexander Haig, viajó muchas veces entre Londres, Nueva York y Buenos Aires, antes de reconocer su fracaso. Para el 12 de abril de 1982, Londres decretó una zona de exclusión de doscientas millas náuticas alrededor de las Malvinas. El 25 de ese mes, sus comandos retomaron Georgia del Sur, y unos días después el cuerpo expedicionario se acercaba. Daba comienzo a la segunda fase del conflicto. 

Esta fase comenzó con una batalla aeronaval. El 2 de mayo, el General Belgrano, crucero argentino, fue hundido por el submarino nuclear Conqueror. Este ataque fue aprobado por el primer ministro inglés con dos fines: neutralizar una amenaza y demostrar la determinación británica. Y la verdad, funcionó, las naves argentinas regresaron a puerto. Dos días después el destructor británico Sheffield fue abatido por un misil Exocet, disparado por un Super Etendard argentino. Esto le vino genial a la industria militar francesa. 

Las fuerzas especiales británicas llevaron a cabo una serie de golpes espectaculares, fracasando en Río Grande y teniendo éxito en la isla Pebble. Dos viejos Vulcan bombardearon la pista de Puerto Stanley: no tuvo grandes consecuencias militares pero demostraron hasta qué punto la RAF estaba dispuesta a llegar, incluso, a bombardear Argentina. Esto hizo que la mayoría de los Mirage III se quedaran en Argentina para defender Buenos Aires y Puerto Belgrano, y no aparecieron a apoyar el combate en las Malvinas. 

El 21 de Mayo desembarcó la tercera brigada comando en la bahía de San Carlos. La aviación argentina multiplicó los contraataques sobre la marina, destruyendo y dañando varios buques, pero perdiendo decenas de aparatos en el proceso. Los británicos, pese a todo, lograron consolidar una cabeza de puente con la quinta brigada de infantería. El 25 de mayo fueron hundidos el destructor Coventry y el transportador Atlantic Conveyor. Tres días más tarde, el 28, los paracaidistas ingleses se enfrentaron con los argentinos en las trincheras de Darwin y Goose Green. Sufrieron fuertes pérdidas, pero, los británicos, lograron imponerse. Durante dos semanas fueron avanzando hacia Puerto Stanley, cercando progresivamente la gruesa guarnición argentina. El 8 de junio, el resto de la quinta brigada desembarcó en Fitzroy y Bluff Cove, y alcanzó a las tropas transportadas en helicóptero desde San Carlos. El 14 de junio, tras los últimos enfrentamientos, el general Menéndez capituló sin condiciones. 

Fueron dos meses y medio, en un clima extremo. Se llevó la vida de 746 argentinos y 265 británicos. Argentina perdió 6 buques y 99 aviones, mientras que Inglaterra perdió 6 naves, 12 fueron dañadas y 34 aviones abatidos. Uno mira las cifras de bajas y se plantea que no fueron tan dispares. Cabe decir que la mitad de las bajas argentinas murieron en el hundimiento del Belgrano, lo cuál es bastante excepcional, ya que, normalmente, se rescata a los marineros naufragados. Pero la potencia del ataque, la rapidez con la que la nave se hundió, el frío y la oscuridad dificultaron el rescate. Pero eso significa que, en tierra, las bajas estuvieron más equilibradas. 

¿Podría Argentina haber ganado?

Podría, sí. De hecho, pese a la ventaja naval británica que ya hemos comentado, las fuerzas en liza están bastante equilibradas. Recalcar, de nuevo, que por mucho que el ejército británico fuera mayor, más profesional y en muchos casos mejor equipado, la geografía equilibraba la balanza. Argentina luchaba, como aquél que dice, en casa. A nivel logístico tenía la ventaja. La logística, en la guerra, es tan importante que puede equilibrar las fuerzas. Esto es algo que uno aprende bien cuando estudia las Guerras de Coalición, anteriormente llamadas Guerras Napoleónicas. 

Cabe señalar que la guerra no fue fácil para los británicos. Prueba de ello es el férreo control que aplicaron a los medios de comunicación. Londres había aprendido de la Guerra del Vietnam la importancia de controlar el relato. Elm Estado Mayor británico estableció otra forma de relacionarse con los medios de comunicación. No van a permitir que la población sea testigo de los combates, basándose en que las guerras son crueles y complicadas. Así, seleccionaron un grupo de reporteros bajo su criterio que pudieron acudir al conflicto bajo la protección del ejército. El buque que transporta a los periodistas quedó en la periferia dónde recibe la información a través del estado Mayor. No tienen los periodistas ninguna posibilidad de acceder al conflicto. Se libran batallas que demuestran que la seguridad británica no es tal, que la aviación argentina es eficaz. Los medios hablan de un conflicto fácil. Excepto uno: la BBC no aceptó la manipulación y llegó a amenazar con pedir material a la televisión argentina para mostrar otros puntos de vista. Y es que la victoria fue más ajustada de lo que parece. 

La Royal Navy alcanzó el límite de las pérdidas soportables: catorce naves destruidas o fuera de combate, un tercio de sus destructores y fragatas sobre el terreno. El saldo no fue peor porque muchas bombas argentinas de 225 y 450 kg estaban obsoletas. Pero, sobre todo, el gran error del mando argentino fue atacar a los buques de guerra en lugar de a los navíos logísticos y de transporte de tropas, mucho más indefensos. De haberlo hecho, ¿cómo hubiera soportado Gran Bretaña la invasión a las islas? También, si uno de sus dos portaaviones hubiera caído, el golpe habría sido fatal. Pero la destrucción del Belgrano, con una cifra de bajas aberrantemente alta, disuadió al grupo aeronaval argentino de pasar a la ofensiva. Adicionalmente, los servicios secretos argentinos trataron de lograr unos diez misiles Exocet extra. Ya habían disparado los cinco que poseían. Pero no lo lograron. Esos misiles hubieran podido suponer también una diferencia en el éxito o fracaso de la misión británica. 

La batalla aérea estuvo bastante reñida. Fue la defensa antiaérea de los buques las que provocaron las pérdidas argentinas. Las fuerzas aéreas argentinas operaban al límite de su radio de acción. Aquí el error fue no aprovechar las siete semanas anteriores al desembarque de los marines británicos para prolongar la pista de Puerto Stanley y desplegar allí los Skyhawks, Mirages y Super Etendards. Esto les habría dado una gran ventaja, porque si bien, a nivel logístico, estaban mejor posicionados para reforzarse, y sus aviones podían operar desde el continente, la distancia entre Argentina y las islas no es pequeña. 

Tal vez en tierra fue dónde hubo más errores: retirar las tropas de élite e instalar conscriptos mal armados y poco entrenados. Buscar una defensa estática y no cambiar la estrategia, en lugar de apostar por el movimiento. Los británicos, una vez en tierra, tuvieron siempre la iniciativa. Argentina perdió muchas oportunidades de contraatacar. La reconquista de Georgia estuvo a punto de terminar en desastre con la operación Mikado, que fue cancelada, por suerte para muchos, que pudieron vivir para ver otro día más. 

En resumen, Argentina tenía posibilidades de tomar las islas y ganar el conflicto. Pese a la superioridad militar inglesa, la capacidad de despliegue británica a tal distancia era mucho menor. Personalmente, creo que la Junta intentó una medida de presión y salió mal. Nunca se plantearon la guerra seriamente, sino más bien como un ardid y creo además que no se dieron cuenta de que para Gran Bretaña, o al menos para la administración Thatcher, aquello sí era serio. Por eso, la operación Rosario fue tan limpia. Siempre se intentó minimizar los daños (la única baja civil fue provocada por un bombardeo británico). Los soldados argentinos, escasos de suministros, tenían incluso prohibido tocar el ganado de la isla. Quizá la junta sí se dio cuenta de que Gran Bretaña iba a responder, pero no fueron capaces de abortar a tiempo. En cualquier caso, fue la negligencia de los mandos, especialmente de la Junta Militar, la que llevó a Argentina a la derrota. Sobre ellos recaen los cerca de mil muertos que provocó este conflicto. 

A nivel internacional, Mitterrand dio todo su apoyo a los británicos. París congeló toda entrega de armas a Buenos Aires. Los códigos de los misiles Exocet fueron parcialmente a los británicos, permitiéndoles tomar medidas electrónicas. Además, los franceses llevaron a cabo ataques simulados sobre la marina británica para entrenarla contra los ataques argentinos. Los servicios secretos franceses cooperaban a fondo, interceptando las comunicaciones de los argentinos mandados a Francia para adquirir más Exocet. Es que uno no puede confiar su defensa en terceros.

Mitterrand usó su influencia para convencer a Togo y Zaire, del Consejo de Seguridad, para votar una resolución favorable a los británicos. Convenció también al canciller Helmut Schmidt de renunciar por un tiempo a los jugosos contratos de armamento argentinos. Bélgica, Holanda, Luxemburgo y Dinamarca se mantuvieron anglófilos, la Comunidad Europea proclamó un embargo comercial contra Argentina e incluso España se olvidó de la solidaridad hispánica para cuidar su negociación de integración a la Comunidad Europea (y a la bienamada y bien querida OTAN). Básicamente, España se abstuvo cuando se votó la resolución 502 en el Consejo de Seguridad, en contra de lo que esperaba Argentina. 

Estados Unidos se mantuvo ambiguo en la primera fase del conflicto, para sorpresa de nadie. Atrapado entre su voluntad de evitar una crisis mayor en la OTAN y su deseo de no comprometer sus pactos de seguridad con los estados del subcontinente. El conflicto enfrentaba a dos países aliados sin implicar indirecta o directamente a ningún país comunista. Pero a las cuatro semanas, el Pentágono entregó con urgencia los misiles, radares y material electrónico antimisiles requeridos por Londres. Cuando las operaciones comenzaron, la lógica estratégica de bloque volvió a funcionar, Washington se posicionó claramente del lado de Londres. Moscú se declaró dispuesta a apoyar a “Buenos Aires”, de hecho, buques “pesqueros” soviéticos pululaban ya en el Atlántico Sur. 

América Latina en general apoyó la causa argentina, se negaron a calificar de “agresión” la conquista y a cualquier embargo. En el Consejo de Seguridad Panamá apoyó a Argentina y Guyana a Londres. Uruguay apoyó a Argentina pero abrió su espacio aéreo y marítimo a las naves inglesas siempre que fueran desarmadas. Brasil abrió una de sus bases al submarino Vulcan que tenía problemas. Perú se declaró neutral y se negó a vender a Argentina sus Exocet, aunque diplomáticamente fue el más activo de todos los países de la región proponiendo un plan de paz que fue rechazado. Chile sin duda informó a Londres de la inminente invasión argentina. 

La vuelta a casa

El 17 de junio de 1982, tres días después de la capitulación, Galtieri renunció, abriendo así el largo proceso que llevaría a la democracia. El 18 de junio, Londres ofreció repatriar a los 14.000 presos de guerra argentinos y el intercambio de prisioneros terminó sin problemas el 12 de julio. La comunidad internacional reintegró a Argentina al concierto de naciones, cancelando el embargo comercial. Francia y Alemania volvieron a entregar material bélico. 

En Londres la guerra dio credibilidad y prestigio a las fuerzas armadas, pero aceleró el proceso de reorganización de la Defensa. Los generales se quejaban amargamente de las interferencias constantes de Thatcher durante la campaña. Por ello se creó el Defence Crisis Management Center, que permite al primer ministro manejar los aspectos políticos de las crisis, y el Permanent Joint Head Quarter, que deja a los estrategas militares la gestión de las operaciones desde Northwood. Gran Bretaña construyó cerca de Puerto Stanley una moderna base aérea y mantiene un destacamento de la RAF, una fragata, dos navíos de apoyo y 1500 soldados (15 veces más que en 1982), pese al elevado costo que esto supone. 

En 1984 ambos países reanudaron las negociaciones. En 1985 Londres otorgó a las Malvinas una nueva Constitución que reconoce el derecho de autodeterminación. En 1990 se normalizan por completo las relaciones, y en 1995 ambos países firman un acuerdo de reparto de las riquezas petroleras en la zona. En 1999 se establecieron vuelos regulares entre Argentina y Puerto Stanley, y el anuncio “las Malvinas son nuestras” desapareció del aeropuerto de Buenos Aires. En julio de 2001, Tony Blair efectuó la primera visita oficial a la Argentina. 

En Argentina, tras la derrota, se crearon Centros de Recuperación. Tenían una doble función: la recuperación y el tratamiento del personal, así como ejercer un control previo a la reincorporación en la vida civil. Entre mediados de junio y los primeros días de julio de 1982, miles de ex combatientes regresaron. La Orden Especial (OE) Nº759/82 “Para la Hospitalización, Evacuación y Apoyo a la Recuperación Integral de los Heridos y Enfermos” del 25 de mayo del 82 reglamentó la organización. Le siguieron otras órdenes que dispusieron la creación de estos centros. 

Principalmente buscaban efectuar un examen psicológico y físico y clasificar al personal. Cada uno tuvo una Sección de Inteligencia compuesta por grupos de interrogadores. También un grupo de Contrainteligencia confeccionó las normas del personal. Se establecieron normas para controlar permanentemente la conducta, moral, lealtad, honradez y decoro personal y discreción del personal. Los medios de comunicación sólo debían proporcionar información previamente controlada. La orden de estos centros era realizar una evaluación de los ciudadanos antes de su desmovilización. 6766 personas fueron procesadas por estos centros, dónde se confeccionaban documentos como “actas de recepción” o “fichas de antecedentes y resultados de entrevistas”. Ahí consta la información sobre la situación padecida por la tropa. 

En esos documentos se refleja que el personal en un porcentaje elevado no desea volver al frente. La tropa hablaba de la gran desorganización y errores de conducción por parte de los oficiales. El mal trato recibido por parte de los suboficiales que llegaban a esconder comida o tomar mayor parte que la que les correspondía. Algunos soldados manifestaban haber recibido castigos corporales al quejarse. La falta de comida, el frío, la falta de equipo y armamento inadecuado eran también quejas habituales. Esta información se mantuvo reservada. El objetivo de estos centros era cercenar cualquier información que dañara a la institución. 

Tras permanecer en los Centros de Recuperación de Campo Mayo, los conscriptos fueron enviados a sus Unidades de origen o dados de baja. Desmovilizados, muchos de ellos comenzaron a organizarse en Centros de Ex Combatientes en busca de contención y de un espacio político desde donde impulsar y tramitar pensiones, asistencia médica y psicológica. El término excombatientes fue adoptado por ellos para diferenciarse de los militares profesionales reconocidos como veteranos de guerra. Llevaron adelante una profunda crítica a las graves violaciones de los derechos humanos cometidas por las Fuerzas Armadas. 

Todo esto salió a la luz 25 años más tarde, en 2007, algunas agrupaciones de ex combatientes de Corrientes, Chaco y la Plata presentaron denuncias ante la Justicia Federal por violaciones a los derechos humanos cometidas por oficiales y suboficiales argentinos contra la tropa. Se registraron todos los documentos que hicieran referencia a hechos o situaciones de maltrato, abuso de autoridad, tortura. Se registraron todos los documentos que se refirieron a situaciones arbitrarias en casos de órdenes por parte de superiores que negaran atención sanitaria, prohibición de abastecimiento de comida y testimonios sobre el acaparamiento deliberado de alimentos. Las bajas de la tropa más frecuentes fueron por principio de congelamiento, trastornos vasculares y pie de trincheras, acabando en muchos casos en amputación. Los testimonios reflejan que era imposible cumplir con las órdenes, por ejemplo, la dificultad de mantener una posición permanentemente mojados, sin abrigo adecuado y con hambre, así como torturas. 

Por poner algunos ejemplos. Un soldado del RI Mec 3 mencionó la orden superior de no recibir atención sanitaria. Explicó que desde que dio novedad de sus dolencias a su jefe, éste lo agredió en forma verbal y física por medio de movimientos vivos y golpes contundentes y le negó la atención. En otro documento figura que un subteniente lo hico estaquear y caminar descalzo por el agua. Estaquear, para el que no lo sepa, es una tortura que consiste en amarar a alguien de sus extremidades con tiras de cuero entre cuatro estacas. Otro soldados del RI Mec 3 relató que sufrió la amputación de cinco dedos del pie izquierdo y tres del derecho. Denunció a un subteniente que no lo dejó atenderse en la enfermería por pie de trinchera y que por comer un trozo de cordero lo hizo estaquear. El mismo conscripto denunció a un cabo 1º que le pegaba y orinaba en la espalda manteniéndolo en un charco por varias horas. 

Conclusiones

Imagina que eres un joven que tiene toda la vida por delante y que sueña, qué sé yo, con conseguir un empleo estable, formar una familia… En fin, lo normal. Pero te toca ir a hacer el servicio militar para tu país. Y dices: bueno, me lo tomo con filosofía. Voy, lo hago, aprovecho y me saco el carné de coche, y luego ya me monto mi vida. Pero un día, a tu gobierno, le da por enviarte a unas islas frías y lejanas dónde vas a tener que enfrentarte a una panda de soldados profesionales con muy malas pulgas que vienen a reclamar ese territorio que, aparentemente, es suyo. Y todo ello mal equipado, con hambre y recibiendo un trato vejatorio de tus superiores.

 Decía León Gieco, cantautor argentino, en su canción “Sólo le pido a Dios”, que la guerra “es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente”. Me parecen especialmente ilustrativos esos dos versos de la canción, porque, precisamente, a la guerra se le ha aportado siempre un barniz de epicidad y de gloria que muchas veces, los jóvenes inocentes de todas las épocas, han comprado con entusiasmo. Yo he sido el primero que ha disfrutado del cine de acción o de videojuegos tipo shooter cuyos títulos no pronunciaré aquí. No puedo evitar recordar las primeras escenas de una maravillosamente antibélica película alemana de Edward Berger, llamada “Sin novedad en el frente”, basada en la novela homónima de Erich Maria Remarque, en las que unos jóvenes patriotas, entusiasmados, han engañado a los reclutadores sobre su edad para poder ir a luchar, por Alemania, a las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Ni qué decir tiene que, el resto de la película trata de cómo tienen que afrontar la realidad del conflicto.

La propaganda belicista ha jugado, a lo largo de la historia, un importantísimo papel en vendernos la guerra como una lucha entre buenos y malos; y curiosamente siempre estamos del lado de los buenos. Pero la guerra no va de eso, sino de intereses geopolíticos clave. A veces, también es una forma de desviar la atención de los problemas internos. Pero sí hay algunos factores o elementos que tienen en común todas las guerras: las atrocidades, la violencia, el descontrol y el caos. Pero hay uno, que se suele pasar siempre por alto, que es la lucha de clases. Hay una frase muy ilustrativa de un piloto alemán llamado Erich Hartmann que dice: “la guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian se matan entre sí por decisión de viejos que sí se conocen y se odian, pero no se matan”. Pensadlo, ¿quién pone la sangre y quién se lleva los beneficios?

 Para mí, una guerra que creo que ilustra muy bien esto es la de las Malvinas. Puede parecer un conflicto menor. Además, es un conflicto curioso por darse en plena guerra fría entre dos contendientes del mismo bando (el occidental), con dos gobiernos ultraliberales (Thatcher y la Junta Militar Argentina). Ambos gobiernos mandaron a un puñado de soldados a luchar en un conflicto que ni les iba ni les venía, por unas islas remotas y escasamente habitadas. Ambos gobiernos intentaron utilizar el conflicto de forma propagandística, uno, el británico, con éxito. Ambos gobiernos, también, mintieron a sus respectivas poblaciones, y ambos respondieron a intereses particulares. Es cierto que existen particularidades. A Thatcher, aquél conflicto caído del cielo le vino que ni pintado,las fuerzas de ataque británicas eran, en esencia, tropas de élite y profesionales frente a los conscriptos argentinos. 

La guerra es terrible. En ella se sacrifican los que menos tienen a ganar, es cruel y violenta y muestra, sin duda, la peor cara del ser humano. Pero, y creo que a nadie le sorprenderá, siempre hay rosas que crecen en la mierda. En mitad de la violencia, del caos, de la desesperación y de la injusticia más grande, también podemos ver la mejor cara del ser humano. Me gustaría cerrar haciendo mención a un hombre del que no hemos hablado, porque nos hemos centrado en otras cuestiones, pero creo que merece al menos ser referenciado. Hablamos de un hombre condecorado por ambos países por su actuación en el conflicto. Me refiero a Richard "Rick" Jolly, un médico de la Marina Real Británica, que se negó a hacer distinciones entre los heridos, atendiendo con indiferencia de la nacionalidad, y priorizando la gravedad de las heridas, salvando a muchos soldados argentinos, y obviamente británicos, de la muerte. Rick es la nota positiva de todo este conflicto: alguien que nos enseña que, incluso en la peor situación de todas, todavía podemos decidir cómo afrontar la realidad. 

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