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En los últimos años la inflación parecía remitir en los gráficos, pero no en el lugar donde millones de hogares la sienten: el supermercado. Bajo esa apariencia de normalidad se ha ido dando un giro silencioso y estructural que no golpea a todos por igual: porque lo que más sube no está siendo el lujo, sino lo imprescindible, y lo paga quien no puede dejar de comprarlo.
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