Seis F-16 que nacieron cuando Alfonsín todavía contaba los muertos de Malvinas y Galtieri era un mal chiste en los cuarteles. Aviones que ya pelearon todas las guerras norteamericanas de los últimos cuarenta años y ahora los compramos usados a Dinamarca por 300 millones de dólares. Trescientos millones que podrían haber sido hospitales, trenes o un aumento equivalente a varios meses de jubilación mínima para millones de ancianos, pero que se van en fierros viejos porque alguien decidió que la soberanía se mide en cantidad de alas prestadas.
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