#13 Una cosa es el triaje clínico individual, decidido por médicos en función del estado del paciente y otra muy distinta es una instrucción administrativa previa que limita o impide el traslado hospitalario de determinados colectivos como las personas en residencias con ciertos niveles de dependencia (y, casualmente, sin seguro privado). Por eso la crítica a Ayuso no se centra en que murieran ancianos o dependientes. Se centra en si existieron protocolos que excluyeron a personas por su lugar de residencia o grado de dependencia, independientemente de su estado clínico concreto.
Por puntualizar, Noreña fue un señorío episcopal independiente desde 1384 durante casi cinco siglos bajo los obispos de Oviedo y estaba dividido en la villa y cuatro cotos de caza. Tenía su propio ayuntamiento hasta que se abolieron los señoríos en 1826 y entonces se integró en Siero hasta 1833. Al independizarse recuperó sus antiguos sotos, cotos y tierras señoriales dispersos dentro del territorio de Siero, formando los cinco enclaves actuales.
Igual estaría mejor informarse un poquito sobre el caso en lugar de mostrar nuestro ingenio a base de chistes estúpidos. (He pensado el lugar de la coma con bastante detenimiento).
- Juan Pedro tenía antecedentes familiares de obesidad y padecía alteraciones hormonales (como resistencia severa a la insulina y posibles disfunciones tiroideas) que hacían que su organismo almacenara grasa con mucha facilidad y que su metabolismo fuera especialmente lento. Esto provocó que, aun desde la infancia, aumentara de peso con mayor rapidez que otras personas y que cualquier intento de control resultara mucho más difícil de lo habitual.
- El aumento de peso comenzó de forma marcada en la niñez y se agravó durante la adolescencia, etapa en la que ya sufría obesidad mórbida. En ese momento crucial no recibió una atención médica integral ni un seguimiento especializado que pudiera frenar la progresión de la enfermedad. La falta de intervención temprana permitió que el problema se cronificara y se volviera cada vez más difícil de revertir con el paso del tiempo.
-A lo largo de décadas mantuvo una dieta altamente calórica, rica en azúcares, harinas refinadas, frituras y bebidas azucaradas, sin control nutricional ni supervisión médica adecuada. Cuando su peso ya era extremadamente elevado, incluso una alimentación que podría considerarse normal seguía favoreciendo el aumento de peso, ya que su gasto energético era mínimo y su organismo estaba adaptado a almacenar casi toda la energía consumida en forma de grasa.
-Conforme el peso aumentaba, Juan Pedro fue perdiendo progresivamente la movilidad hasta quedar completamente postrado en cama durante años. Esta inmovilidad total redujo su gasto calórico a niveles muy bajos, aceleró la pérdida de masa muscular y ralentizó aún más su metabolismo. Se instauró así un círculo vicioso: el exceso de peso impedía moverse y la falta de movimiento facilitaba un aumento aún mayor del peso corporal.
-A esta situación se sumaron importantes factores psicológicos. Juan Pedro padecía depresión, ansiedad y un profundo aislamiento social, lo que hizo que la comida se convirtiera en su principal mecanismo de alivio emocional. Comer no solo satisfacía el hambre física, sino que funcionaba como una forma de consuelo, de evasión y de placer en un contexto de vida muy limitado, lo que reforzaba la conducta alimentaria desadaptativa.
-Finalmente, durante muchos años no tuvo acceso a un equipo médico multidisciplinar capaz de abordar su caso de forma integral, incluyendo endocrinología, nutrición, psicología y cirugía bariátrica. La obesidad fue tratada como un problema personal y no como la enfermedad compleja y crónica que es. Cuando por fin recibió atención especializada, su peso había alcanzado niveles extremos, cercanos al límite de supervivencia, lo que convirtió su caso en uno excepcional y clínicamente muy complejo.
#11 Despreciar el bádminton por su “poca relevancia” no dice nada del mérito deportivo, solo del interés personal de quien opina. La importancia de un deporte no se mide por el ruido mediático local, sino por el nivel competitivo y el contexto internacional. Que haya grandes deportistas desconocidos no invalida a los que sí tienen visibilidad: el problema no es el deportista, sino un sistema que premia la atención además del rendimiento.
Es cierto que las redes sociales funcionan como una inversión económica, pero toda inversión tiene costes: exposición constante, presión y pérdida de intimidad. Señalar ese desgaste no es ir de víctima, es describir una consecuencia real del modelo. Ganar dinero con algo no elimina el derecho a poner límites.
Comparar esto con el caso de la tiktoker del escote es tramposo, porque sugiere que quien se expone acepta cualquier reacción. Mostrar o monetizar una imagen no implica consentir el acoso ni renunciar al respeto.
Criticar el sistema de visibilidad es legítimo; deshumanizar a quienes viven dentro de él, no.