El liberalismo se vuelve hábil para especificar los límites del poder —lo que no se debe hacer, cómo debe comportarse la autoridad— mientras pierde la capacidad de articular y sostener un proyecto de gobierno que haga que la pertenencia sea materialmente real. Cuando el viaje se convierte en «evitar la catástrofe» en lugar de «llegar a algún lugar», el ansia por un destino no desaparece, sino que es capturada por piratas que prometen un puerto y lo llaman orden.
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