Friedrich Nietzsche percibía el amor romántico no como un refugio de paz, sino como una pasión impetuosa y, a menudo, devoradora. Para el filósofo alemán, lo que solemos llamar amor es frecuentemente una forma de posesión o un deseo de dominio disfrazado de entrega, de modo que ese ‘ardor’ acaba por ser inestable, una llama que nos consume pero que carece de la estructura necesaria para sostener una convivencia con otro ser a largo plazo.